Palabra de Vida

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ASCENSIÓN DE JESÙS.

(Solemnidad)

Aclamación al Evangelio   Mt 28, 19a. 20b

Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo, dice el Señor. Aleluya.

EVANGELIO

Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra.

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo  28, 16-20

Después de la resurrección del Señor, los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de Él; sin embargo, algunos todavía dudaron.

Acercándose, Jesús les dijo: Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que Yo les he mandado. Y Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo

VI DOMINGO DE PASCUA

Juan 14:15-21
15 Si me amáis, guardaréis mis mandamientos;
16 y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre,
17 el Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce. Pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros.
18 No os dejaré huérfanos: volveré a vosotros.
19 Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero vosotros si me veréis, porque yo vivo y también vosotros viviréis.
20 Aquel día comprenderéis que yo estoy en mi Padre y vosotros en mí y yo en vosotros.
21 El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él.»

Feria de Adviento: Semana antes de Navidad (23 dic.)
Viernes 23 Diciembre 2016

Evangelio según San Lucas 1,57-66.

Cuando llegó el tiempo en que Isabel debía ser madre, dio a luz un hijo.
Al enterarse sus vecinos y parientes de la gran misericordia con que Dios la había tratado, se alegraban con ella.
A los ocho días, se reunieron para circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre;
pero la madre dijo: “No, debe llamarse Juan”.
Ellos le decían: “No hay nadie en tu familia que lleve ese nombre”.
Entonces preguntaron por señas al padre qué nombre quería que le pusieran.
Este pidió una pizarra y escribió: “Su nombre es Juan”. Todos quedaron admirados.
Y en ese mismo momento, Zacarías recuperó el habla y comenzó a alabar a Dios.
Este acontecimiento produjo una gran impresión entre la gente de los alrededores, y se lo comentaba en toda la región montañosa de Judea.
Todos los que se enteraron guardaban este recuerdo en su corazón y se decían: “¿Qué llegará a ser este niño?”. Porque la mano del Señor estaba con él.

DOMINGO XXX Tiempo Común / 23 de Octubre de 2016

Evangelio según San Lucas 18,9-14.

Refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, dijo también esta parábola:
“Dos hombres subieron al Templo para orar: uno era fariseo y el otro, publicano.
El fariseo, de pie, oraba así: ‘Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano.
Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas’.
En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: ‘¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!’.
Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado”.

Martes 18 de Octubre de 2016

Evangelio según San Lucas 10,1-9.

El Señor designó a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde él debía ir.
Y les dijo: “La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha.
¡Vayan! Yo los envío como a ovejas en medio de lobos.
No lleven dinero, ni alforja, ni calzado, y no se detengan a saludar a nadie por el camino.
Al entrar en una casa, digan primero: ‘¡Que descienda la paz sobre esta casa!’.
Y si hay allí alguien digno de recibirla, esa paz reposará sobre él; de lo contrario, volverá a ustedes.
Permanezcan en esa misma casa, comiendo y bebiendo de lo que haya, porque el que trabaja merece su salario. No vayan de casa en casa.
En las ciudades donde entren y sean recibidos, coman lo que les sirvan;
curen a sus enfermos y digan a la gente: ‘El Reino de Dios está cerca de ustedes’.”

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EVANGELIO DOMINICAL

“¿Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna.” Jn 6, 68

Domingo 29 Mayo 2016

Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo
Lc 9,11-17 . Que todos sean uno

La Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, que tiene su ubicación propia en el calendario litúrgico el jueves sucesivo a la Solemnidad de la Santísima Trinidad, se traslada en Chile y en muchos otros países al domingo siguiente. Podemos decir que para un fiel católico todos los domingos son una fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo, porque todos los domingos está invitado a participar de este admirable misterio. Pero hoy lo pone la Iglesia ante nuestros ojos para que podamos contemplarlo y apreciar el inmenso don que se nos ofrece.

El Evangelio de esta Solemnidad es el relato del milagro de la multiplicación de los panes según San Lucas. Este episodio es uno de los más conocidos del Evangelio. Nadie que tenga un conocimiento del Evangelio, aunque sea superficial, ignora que este es uno de los milagros que hizo Jesús. Es parte de la cultura general. La importancia de este episodio se deduce también del hecho de encontrarse en los cuatro Evangelios (en Marcos y Mateo en dos instancias). Hay muchos hechos de la vida de Jesús que los Evangelios no nos transmiten; lo dice San Juan: «Jesús realizó en presencia de los discípulos otros muchas signos que no están escritos en este libro» (Jn 20,30). Muchas cosas que hizo y enseñó Jesús las encontramos en uno, dos o tres de los Evangelios. Pero la multiplicación de los panes es esencial; está en los cuatro. Sin ella el Evangelio no estaría completo. ¿Por qué es tan importante?

Jesús quiso retirarse con sus discípulos a un pueblo llamado Betsaida. Pero no pudo sustraerse a la multitud: «Las multitudes lo supieron y lo siguieron». Lucas describe la actitud de bondad de Jesús: «Acogiendolos, Jesús les hablaba sobre el Reino de Dios y sanaba a los que tenían necesidad de curación». Podemos imaginar el entusiasmo con que hablaba Jesús sobre el Reino de Dios; habla de lo que él conoce plenamente y personalmente. Pero, no sólo hablaba sobre el Reino de Dios, sino que lo hacía presente con su poder de curar a los enfermos. Es comprensible que nadie quisiera apartarse de él.

«Pero el día comenzó a declinar». La multitud que seguía a Jesús tiene necesidad también de alimento. Es lo que hacen notar a Jesús los Doce, sugiriendole lo que tiene que hacer: «Despide a la gente para que vayan a los pueblos y aldeas del contorno y busquen alojamiento y comida, porque aquí estamos en un lugar desierto». Quieren aparecer ellos más preocupados que Jesús de las necesidades de la gente. Jesús comprende que la gente tiene necesidad de alimento y dice a los Doce: «Denles ustedes de comer». ¿Les está mandando algo imposible? Era imposible con sólo cinco panes y dos peces, que es lo único que tienen. Por eso, preguntan si, para cumplir esa orden, deben ir ellos a comprar pan para esa multitud. Lo presentan como una hipótesis imposible: «Había como cinco mil hombres». Entonces Jesús toma la iniciativa y da otra orden, ésta perfectamente posible: «Hagan que se sienten en grupos de unos cincuenta cada uno».

Jesús quiere que se formen comunidades en las que todos puedan comunicarse. Se trata de cien pequeñas comunidades dispuestas para un banquete. Entonces Jesús dará cumplimiento a lo que dice el Salmo 104 sobre la Providencia de Dios: «Todos ellos están esperando de ti que tú les des su alimento a su tiempo; tú se lo das y ellos lo toman, abres tu mano y se sacian de bienes» (Sal 104,27-28). Es lo que hace Jesús: «Tomó los cinco panes y los dos peces, y elevando los ojos al cielo, los bendijo, los partió, y los iba dando a los discípulos para que los distribuyeran a la multitud». Todos se saciaron y sobraron doce canastos llenos de pan.

Jesús preparó para esa multitud un banquete que hizo de ellos una comunidad. Sólo hay otra ocasión en que Jesús se preocupa personalmente de preparar para sus discípulos un banquete: se trata de la última cena con ellos. En esa ocasión les dice: «Con ansia he deseado comer esta Pascua con ustedes antes de padecer» (Lc 22,15). Por estas palabras y por los gestos que Jesús hace, ellos debieron recordar aquel primer banquete: «Tomó un pan y, dadas las gracias, lo partió y se lo dio diciendo: Esto es mi cuerpo que es entregado por ustedes; hagan esto en memoria mía. De igual modo, después de cenar, tomó la copa, diciendo: Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre, que es derramada por ustedes» (Lc 22,19-20). Ahora ellos están preparados para obedecer la orden que les da: «Hagan esto en memoria mía». ¡Y lo hicieron ellos y lo ha hecho la Iglesia hasta hoy, cada vez que celebra la Eucaristía! En este banquete se nos da como alimento el Cuerpo y la Sangre de Cristo y nos hacemos uno con él: «El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él» (Jn 6,56). Sólo en la Eucaristía podemos realizar lo que Jesús pedía a su Padre: «Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros» (Jn 17,21).

El individualismo, el egoísmo, la violencia, la ira, que llenan hoy nuestras calles y ciudades, tienen un solo remedio: la Eucaristía, que uniendonos a Jesús, nos infunde su amor y, con esa fuerza unitiva del amor, hace de nosotros uno. Era el anhelo de Jesús; es también nuestro anhelo.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles

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III Domingo de Cuaresma/ Domingo 28 de Febrero.

Evangelio según San Lucas 13,1-9.

En ese momento se presentaron unas personas que comentaron a Jesús el caso de aquellos galileos, cuya sangre Pilato mezcló con la de las víctimas de sus sacrificios.
El les respondió: “¿Creen ustedes que esos galileos sufrieron todo esto porque eran más pecadores que los demás?
Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera.
¿O creen que las dieciocho personas que murieron cuando se desplomó la torre de Siloé, eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén?
Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera”.
Les dijo también esta parábola: “Un hombre tenía una higuera plantada en su viña. Fue a buscar frutos y no los encontró.
Dijo entonces al viñador: ‘Hace tres años que vengo a buscar frutos en esta higuera y no los encuentro. Córtala, ¿para qué malgastar la tierra?’.
Pero él respondió: ‘Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré. Puede ser que así dé frutos en adelante. Si no, la cortarás'”.

Comentario de la Palabra.

A partir del evangelio de hoy, podemos preguntarnos cuáles son los frutos de vida que deseo alcanzar para la Pascua de Resurrección? Cómo estoy viviendo este tiempo de Cuaresma, a través de la Oración, la Palabra de Dios, la Penitencia y la Caridad, que son medios que me ayudaran a poder interiorizar en mí, una relación más cercana con Dios, con los otros y conmigo mismo, y así poder con una actitud humilde descubrir lo que el Señor quiere de mí para poder entregarme con mucha libertad y generosidad para con los otros.

Reflexiona esta semana: 1. Cómo estás viviendo la cuaresma? 2. Qué debo purificar en mí para sentirme más libre? Cuáles son los frutos de vida que deseo alcanzar para el tiempo de pascua de resurrección?

Iglesia en Punta Arenas

Iglesia en Punta Arenas

Viernes de la trigésima primera semana del tiempo ordinario

Evangelio según San Lucas 16,1-8.

Jesús decía a sus discípulos:
“Había un hombre rico que tenía un administrador, al cual acusaron de malgastar sus bienes.
Lo llamó y le dijo: ‘¿Qué es lo que me han contado de ti? Dame cuenta de tu administración, porque ya no ocuparás más ese puesto’.
El administrador pensó entonces: ‘¿Qué voy a hacer ahora que mi señor me quita el cargo? ¿Cavar? No tengo fuerzas. ¿Pedir limosna? Me da vergüenza.
¡Ya sé lo que voy a hacer para que, al dejar el puesto, haya quienes me reciban en su casa!’.
Llamó uno por uno a los deudores de su señor y preguntó al primero: ‘¿Cuánto debes a mi señor?’.
‘Veinte barriles de aceite’, le respondió. El administrador le dijo: ‘Toma tu recibo, siéntate en seguida, y anota diez’.
Después preguntó a otro: ‘Y tú, ¿cuánto debes?’. ‘Cuatrocientos quintales de trigo’, le respondió. El administrador le dijo: ‘Toma tu recibo y anota trescientos’.
Y el señor alabó a este administrador deshonesto, por haber obrado tan hábilmente. Porque los hijos de este mundo son más astutos en su trato con los demás que los hijos de la luz.”

Domingo XXI del Tiempo Común ( 23 de Agosto, 2015) 

Jn 6,60-69: Nosotros creemos

El discurso del Pan de vida, que hemos leído de manera continuada en los últimos cinco domingos, tiene tal importancia que el Evangelio nos informa sobre el lugar en que ocurrió: «Esto lo dijo Jesús en Cafarnaúm, enseñando en la sinagoga» (Jn 6,59). El Evangelio de este Domingo XXI del tiempo ordinario comienza después de esa indicación. 

En esa sinagoga podemos distinguir tres categorías de oyentes según su adhesión a Jesús. Estaban los judíos, que habían gozado de la multiplicación de los panes, a quienes Jesús dice: «En verdad, en verdad les digo: ustedes me buscan, no porque han visto signos, sino porque han comido de los panes y se han saciado» (Jn 6,26). Éstos reaccionaron objetando el origen divino de Jesús: «Los judíos murmuraban contra él, porque había dicho: “Yo soy el pan que ha bajado del cielo”» (Jn 6,41). Pero, cuando Jesús aclara el sentido de sus palabras: «El pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo», el rechazo de ellos es total: «Discutían entre sí los judíos y decían: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?”» (Jn 6,52). 

Estaban también en esa sinagoga los discípulos de Jesús, los que ya lo seguían, porque reconocían su origen divino. Podemos verlos representados por Nicodemo, quien viniendo donde Jesús, de noche, le dice: «Rabbí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede realizar los signos que tú realizas si Dios no está con él» (Jn 3,2). El Evangelio de este domingo interesa mucho a todos los cristianos, que se declaran discípulos de Jesús, porque nos relata cómo reaccionaron ellos ante la enseñanza de Jesús en esa sinagoga. Ellos no objetan que Jesús haya dicho: «He bajado del cielo». Pero cuando Jesús reafirma sus palabras sin dejar duda sobre su sentido: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida», entonces se cierran a esa enseñanza: «Muchos de sus discípulos, al oírlo, dijeron: “Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?”». Observemos que los que así reaccionan son «muchos», pero no todos. La enseñanza de Jesús sobre el Pan de vida fue un momento crítico: «Desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con él». 

En realidad, eran discípulos de Jesús sólo en apariencia, pues carecían de fe y querían encerrar su enseñanza en los estrechos límites de su razón humana. Por eso Jesús explica que sus palabras son una revelación que supera lo que el ser humano –la carne– puede alcanzar con su inteligencia: «El Espíritu es el que da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que les he dicho son Espíritu y son vida». Las conclusiones de la ciencia natural pueden verificarse con las fuerzas de la carne. Pero las palabras de Jesús son revelación de una verdad sobrenatural, que no puede verse, sino con la luz de la fe. Y ya ha explicado Jesús que la fe es una obra de Dios, un don de Dios. Ahora agrega, refiriendose a quienes hasta allí lo habían seguido: «Hay entre ustedes algunos que no creen». Y reafirma el origen divino de la fe: «Por esto les he dicho que nadie puede venir a mí si no se lo concede el Padre». 

El evangelista aclara: «Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían». Parecían discípulos, pero no lo eran. Y eso quedó en evidencia por su actitud ante el Pan de vida. Es un criterio que podemos aplicar también hoy ante muchos que se declaran cristianos, pero no participan de la Eucaristía. El mismo evangelista, en su primera carta, escribe: «Salieron de nosotros, pero no eran de los nuestros. Si hubiesen sido de los nuestros, habrían permanecido con nosotros. Pero sucedió así para poner de manifiesto que no todos son de los nuestros» (1Jn 2,19). 

La tercera categoría de personas que había en esa sinagoga son los Doce. Cuando ya todos lo han abandonado, Jesús se vuelve a ellos y les pregunta: «¿También ustedes quieren irse?». También ellos son confrontados con la enseñanza de Jesús sobre el Pan de vida. Pedro responde en nombre de los demás, aunque, en realidad, representa sólo a once de ellos, pues uno iba a traicionar a Jesús: «Señor, ¿donde quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios». El punto central de la respuesta de Pedro es: «Nosotros creemos». Esa fe es la luz que le concede ver la verdad: «Sabemos que tú eres el Santo de Dios». Ellos no quieren seguir a ningún otro, más que al Santo de Dios, al que goza de la misma santidad de Dios, al Hijo de Dios hecho hombre. Precisamente, por eso, él es el único que tiene «palabras de vida eterna». 

Pedro responde con una pregunta que expresa una verdad profunda: «¿Donde quién iremos?». Si abandonamos a Jesús, que es el Señor, caemos inevitablemente, bajo el dominio de otro señor. Pero cualquier otro señor, no siendo Dios, lo que hace es esclavizarnos. Se habla hoy en nuestra patria de «cambiar el paradigma» y allá apunta el afán de cambiar nuestra constitución, que se inspira en los valores cristianos. Al rechazar estos valores es a Jesús a quien se rechaza. Debemos estar conscientes de que esto significa caer de nuevo en la esclavitud de la cual sólo él nos ha redimido. 

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles

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Miércoles de la segunda semana de Cuaresma

Santo(s) del día : San CasimiroBeato Giovanni Antonio Farina

Evangelio según San Mateo 20,17-28.

Cuando Jesús se dispuso a subir a Jerusalén, llevó consigo sólo a los Doce, y en el camino les dijo:
“Ahora subimos a Jerusalén, donde el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas. Ellos lo condenarán a muerte
y lo entregarán a los paganos para que sea maltratado, azotado y crucificado, pero al tercer día resucitará”.
Entonces la madre de los hijos de Zebedeo se acercó a Jesús, junto con sus hijos, y se postró ante él para pedirle algo.
“¿Qué quieres?”, le preguntó Jesús. Ella le dijo: “Manda que mis dos hijos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda”.
“No saben lo que piden”, respondió Jesús. “¿Pueden beber el cáliz que yo beberé?”. “Podemos”, le respondieron.
“Está bien, les dijo Jesús, ustedes beberán mi cáliz. En cuanto a sentarse a mi derecha o a mi izquierda, no me toca a mí concederlo, sino que esos puestos son para quienes se los ha destinado mi Padre”.
Al oír esto, los otros diez se indignaron contra los dos hermanos.
Pero Jesús los llamó y les dijo: “Ustedes saben que los jefes de las naciones dominan sobre ellas y los poderosos les hacen sentir su autoridad.
Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes;
y el que quiera ser el primero que se haga su esclavo:
como el Hijo del hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud”.

Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

Leer el comentario del Evangelio por :
San Agustín (354-430), obispo de Hipona (África del Norte), doctor de la Iglesia
Comentario al salmo 126
“He aquí que vamos a subir a Jerusalén.”

“Es en vano que madruguéis…” (cf sal 126,2) ¿Qué quiere decir? … Cristo, nuestro Día, ha amanecido. Es bueno levantarse después de Cristo y no antes. ¿Quiénes son los que se levantan antes de Cristo?… Aquellos que quieren ser ensalzados en este mundo donde él fue humilde. Que sean humildes en este mundo si quieren ser ensalzados donde Cristo fue ensalzado. En efecto, Cristo dijo de los que se adherían a la fe en él: “Padre, quiero que los que me has dado estén donde yo estoy.” (cf Jn 17,25) Un don magnífico, una gracia grande, una promesa gloriosa… ¿Queréis estar donde está él? Sed humildes donde él fue humilde. 

“El discípulo no es más que el maestro.” (Mt 10,24) … Y no obstante, los hijos   de Zebedeo, antes de haber sufrido la humillación, en conformidad con la pasión del Señor, ya se habían escogido sus puestos, uno a su derecha y el otro a su izquierda. Querían levantarse “antes de la aurora”. Por esto caminaban en vano. El Señor les recordó la humildad preguntándoles: ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber? Seguidme, dijo, por el camino que voy yo. Porque si queréis llegar por un camino diferente, caminaréis en vano.

Domingo 27 de Julio del 2014 

Mt 13,44-52
Le pondrán por nombre: Dios con nosotros

En el Evangelio de este Domingo XVII del tiempo ordinario se continúa la lectura del capítulo XIII de San Mateo. Se agregan otras tres parábolas que comienzan con la fórmula: «El Reino de los Cielos es semejante a…» y una conclusión, también consistente en una parábola.

Ya no nos confunde el hecho de que Jesús compare el Reino de los cielos con las cosas más distintas a un reino y más dispares entre sí: un hombre que sembró buena semilla en su campo, un grano de mostaza, un poco de levadura, un tesoro escondido en un campo, un mercader que anda en busca de perlas preciosas, una red que arrastra todo tipo de peces… En realidad, la semejanza del «Reino de los cielos» no es con cada una de esas cosas, sino con toda la situación descrita en cada parábola, con lo cual la comparación resulta más incomprensible. En el comentario del domingo pasado explicabamos que «Reino de los cielo» es una expresión que Jesús usó para referirse a «la novedad de su Persona en el mundo y de nuestra elevación a hijos de Dios en él». El orden nuevo introducido en el mundo por este misterio «cuando se cumplió la plenitud del tiempo» no deja indiferente a la misma naturaleza, como lo expresa Jesús, respondiendo a los fariseos que le pedían hacer callar a la muchedumbre cuando lo aclamaban en su ingreso a Jerusalén: «Les digo que si éstos callan gritarán las piedras» (Lc 19,40). De hecho, las piedras protestaron cuando Jesús fue crucificado y murió: «Tembló la tierra y las piedras se partieron» (Mt 27,51). Lo mismo expresa San Pablo animando a toda la naturaleza: «La creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto… esperando ansiosamente la manifestación de los hijos de Dios» (Rom 8,19.22).

Lo asombroso es que sólo los hombres pueden quedar indiferentes o ignorarlo del todo o, peor aun, rechazarlo: «Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron» (Jn 1,11). «Los suyos» son los seres humanos en general. Pero no todos: «A cuantos lo recibieron les dio poder ser hijos de Dios, a cuantos creen en su Nombre» (Jn 1,12).

Así entendemos por qué Jesús compara el Reino de los cielos con un tesoro y con una perla muy preciosa. Estas realidades tienen un valor inmenso en sí mismas, tienen la capacidad de hacer dichoso a quien las posee. Por eso, cuando alguien las encuentra, anhela inmediatamente poseerlas. Nadie lo obliga; lo desea espontáneamente. Su única motivación es la alegría: «Por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra aquel campo… va, vende todo lo que tiene y compra aquella perla». ¿Por qué, entonces, muchos ignoran completamente a Cristo y viven como si no hubiera venido al mundo, y otros lo combaten más o menos abiertamente? El defecto no está de parte de Cristo. Es que no lo han encontrado. Quienes lo han encontrado atestiguan: «Hemos visto su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14).

La parábola de la red es semejante a la parábola de la cizaña sembrada entre el buen trigo. Ambas tienen la misma conclusión: «Así será al fin del mundo». Nadie, por muy inteligente que sea, puede decir cómo será el fin del mundo. Jesús lo ha revelado: «Saldrán los ángeles, separarán a los malos de entre los justos y los echarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes». Es una sentencia severa de Jesús. Pero es mejor saberlo de antemano que ser sorprendidos. Lo grave es saberlo y no darle la importancia que merece. «Llanto y rechinar de dientes» es una expresión proverbial de infelicidad.

En la conclusión de estas parábolas el evangelista hace una discreta referencia a sí mismo. Él responde a la identidad de «un escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los cielos». Este escriba saca de su tesoro lo nuevo y lo antiguo. En efecto, es típico de Mateo que haga constante referencia al Antiguo Testamento para explicar el misterio de Jesús, como el cumplimiento de las promesas hechas por Dios. Así explica, tomando de lo antiguo, lo más nuevo que ha acontecido, a saber, el nacimiento del Hijo de Dios: «Todo esto ocurrió para que se cumpliera lo dicho por el Señor a través del profeta: “He aquí que la Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán por nombre Emmanuel, que significa: Dios con nosotros”» (Mt 1,22.23). Toma de lo antiguo y de lo nuevo para anunciarnos ese Reino del cual él ya es discípulo.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles

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Con Jesús según Mateo

TIEMPO DEL ESPÍRITU EN LA IGLESIA. DOMINGO 16

 

VALPARAÍSO, 20.0714                                                      PEPELINO

ENCUENTRO  DESDE LA VIDA EN COMUNIÓN

Queridos amigos y amigas, hermanos y hermanas. El fin de semana pasado fue intenso: el viernes con un retiro con profesores en el Liceo Laura Vicuña de La Cisterna, sobre el Sistema Preventivo; en la noche, ya en Valpo. “camino con Jesús según Mateo”. El  sábado un encuentro con agentes de pastoral de un decanato de Quilpué titulado “Encuentro con Jesús, en la Palabra”. Todo, por gracia de Dios, resultó para mí y por los reflejos de la gente, muy bueno, acompañado de un resfrío que iba saliendo, pero no del todo. La tarde del sábado, tranquila, toda en casa, me sirvió para ir dejando atrás el resfrío y para completar mi compartir semanal que el domingo en la mañana quedó listo para ser enviado…. Pero ahí, me agarró el vértigo del domingo, con dos misas en la mañana y con viaje a Santiago para los Ejercicios Espirituales… y ahí se quedó el compartir semanal sin enviar. Va como anexo de este compartir, en que empiezo a recoger la semana y meditar y orar el evangelio del próximo domingo, en la Casa de Retiro de Lo Cañas. Bien calefaccionada, pero que en algún descuido me dejé tomar de nuevo por el resfrío que ya estaba superando…y aquí sigo mi lucha. Animado por el Señor que justo en el día de hoy (jueves) me invita a encontrar alivio en su corazón paciente y humilde, de todas mis cargas que, después de todo, son suaves y ligeras.

El domingo  viajé a Santiago mientras se definía el campeonato mundial. Me fui a la Casa Inspectorial para aprovechar el móvil que de ahí salía para Lo Cañas. Ahí supe que había perdido Argentina y Latinoamérica, que yo deseaba que ganara; pero había ganado la tómbola hecha por algunos profesores de Valpo. en que aposté por Alemania. Un consuelo. Así, empezó mi semana y mis ejercicios espirituales 2014, acompañados por el P. Juan José Bartolomé, conocido biblista, y además, secretario personal del Rector Mayor, Pascual Chávez, en su período de 9° sucesor de Don Bosco. Los EE son los mismos que el P. Bartolomé ofreció al Capítulo General, y se orientan a dar una base bíblica al perfil del salesiano que en dicho Capítulo se buscó profundizar: Místico, Profeta y  Siervo. Me limitaré en esta recogida de la semana, a señalar la propuesta del P. Juan José y lo que más quedó resonando en mi de dicha propuesta.

El lunes, nos acercamos al sdb llamado a ser MÍSTICO, alguien que de efectivamente la primacía a Dios en su vida. A partir de Mt 3, 13-17, bautismo de Jesús, se valora como Jesús se hace solidario con los pecadores y como entre ellos, el Padre lo reconoce como su Hijo amado. Nuestra vocación nace de Dios que nos reconoce como Hijos en la medida que nos reconocemos, nosotros, necesitados de Dios, de su salvación. Para realizar la evangelización, necesitamos primeramente, ser y vivir como hijos en el Hijo. En la tarde, nos detenemos en el Espíritu que lleva, al hijo Jesús, al desierto para ser tentado (Mt 4,1-11). No basta ser “Hijo de Dios” necesitamos defender esa condición demostrando así que  lo somos: porque alimentados por la Palabra de Dios; porque confiados y seguros de la cercanía del Padre, porque para el Hijo, sólo su Padre es adorable y nada vale más que Él.

El martes, en la mañana completamos el perfil del Místico, Hijo reconocido, probado y que tiene como única causa a Dios y su Reino. En el inicio del ministerio evangelizador de Jesús (Mt 4,12-17)  me llega fuerte la proclama de Jesús: “Conviértanse, porque está cerca el Reino de los cielos”. Me conmueve el llamado a la conversión y la insistencia que hace el P. Bartolomé: “no porque seamos malos” sino “porque el Reino de Dios está llegando, siempre llegando en forma más plena y por eso necesita nuestra conversión creciente, para que hagamos espacio a su  plenitud. En la tarde, entramos en el segundo rasgo del sdb: PROFETA DE LA COMUNIÓN FRATERNA. Después de explicar la reducción de la profecía a este aspecto, se  nos invita a valorar como se hace comunidad escuchando la Palabra de Dios y haciendo su voluntad. Texto base es Mc 3,20-21. 31-35.

El miércoles se nos desafía a aprender a rehacer la comunidad, en la mañana, mediante la corrección fraterna (Mt 18, 15-20) y en la tarde, mediante el perdón (Mt 18, 21-25). Me deja muy impactado, algo no notado al leer estos textos: Jesús, se ocupa primero de la corrección del hermano, después de su perdón. Prima el interés de salvar al hermano caído y restituirlo a la comunión. Sin duda nos sale más fácil perdonar al hermano que ofende, que trabajar en su sanación. Ese esfuerzo, tiene el respaldo del cielo (lo que atares en la tierra….) y de la oración de Jesús, presente donde hay dos o tres unidos en su nombre para salvar al hermano extraviado.

El jueves entramos en la dimensión del sdb SIERVO de Dios para los jóvenes. En la mañana el texto base es de Mc 6, 30-44: la multiplicación de los panes, que sigue al ensayo misionero que han hecho los discípulos. Impactante para mi, el subrayado a la misión a que Jesús envía a sus discípulos. Como al volver, se re-encuentran con Jesús para referirle su experiencias, y como Jesús se les da como regalo “para pagar” el servicio hecho: Vamos a un lugar solitario a descansar. Necesitamos aprender que toda misión, hecha en nombre de Jesús, necesita finalizar reporteada en la oración ante Jesús…y teniendo en ese momento de intimidad, el mejor premio y descanso. Me acordé como mi hermano en el Patrocinio de San José, el P. Gustavo era tremendamente fiel a esta forma de misionar. Con razón, en él se dan muchos achaques de salud, pero no stress, ni “burn out”. Necesito reforzar esta dimensión de mi trabajo salesiano. Creo, con Juan José Bartolomé, que la calidad de nuestra misión crecerá en la medida que crezca el tiempo que demos a la oración personal ante el Santísimo. En la tarde, en base a Mt 18, 15-20. 21-35, se nos invita perdonar sin medida, 70 veces 7, en la medida que también nosotros somos perdonados por Dios.

El viernes damos especial espacio a María en nuestra vida. En la mañana, valorando a María en el proceso inicial de la fe de los discípulos. Muy valioso fue admirar como Jesús, a sus primeros seguidores, los saca del ambiente austero de Juan Bautista en el desierto y, tres días después los lleva a una fiesta de bodas en la que está también María. Crear un ambiente de fiesta y contar con la presencia de María es lo primero que estamos llamados a hacer, para iniciar a los jóvenes en la fe. En ese contexto María nos enseña a orar, presentando necesidad sin pautear a Jesús, y movilizando a los siervos para que “hagan lo que Él les diga”. Y así se produce el milagro y se abren a la fe en Jesús esos primeros discípulos. En la tarde el P. Bartolomé cierra invitándonos  a ser “discípulos amados” de Jesús e “hijos de María”. Para ello, sin embargo, la condición es encontrarnos junto a la cruz. ¡Buen final para un retiro marcado por el desafío de la radicalidad en nuestra vida salesiana!

El sábado la rutina conocida: laudes, desayuno, compartir con el P. Inspector: temas centrales motivación a la celebración del Bicentenario del nacimiento de Don Bosco; los desafíos de la reforma de la educación para nosotros; la necesaria renovación de la pastoral vocacional. La misa de clausura del Retiro y el almuerzo y rápida dispersión. Agradezco a los hermanos de La Cisterna, que me acercaron al metro 5….y aquí estoy, mirando la niebla sobre el mar, cerrando esta valiosa semana de EE.EE.

Vamos al encuentro de Mateo que estuvo bastante presente en la propuesta de nuestro predicador.

LECTURA ORANTE

El domingo pasado nos encontramos con Jesús, en su evangelio, compartiendo con nosotros el sentido del camino que estamos haciendo en su compañía. Desde su primer anuncio es una invitación a abrir el corazón a la llegada del Reino de Dios. Ese Reino se va manifestando en lo que Jesús va haciendo y diciendo. No todos, sin embargo, lo perciben, en la pequeñez de sus manifestaciones y en el comportamiento de Jesús que descoloca a muchos. A través de una serie de parábolas agrupadas por el redactor en el capítulo 13 Jesús abre panoramas sobre el  Reino que quedan ahí disponibles para quienes se interesen en entrar en ellos. Es el sentido de las parábolas. Después de la parábola del sembrador y de las diversas tierras, este domingo se nos presentan varias  parábolas, inspiradas también en el contexto campesino de muchos de los auditores de Jesús. En nuestro compartir nos vamos a detener sólo la  parábola del trigo y la cizaña, sobre la cual, el texto evangélico trae además una explicación.

Jesús propuso a la gente esta parábola: “El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras todos dormían vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue.

Cuando creció el trigo y aparecieron las espigas,  también apareció la cizaña. Los peones fueron a ver entonces al propietario y le dijeron: Señor, ¿no habías sembrado buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que ahora hay cizaña en él? Él les respondió: “Esto lo ha hecho algún enemigo”.

Los peones le replicaron: “¿Quieres que vayamos a arrancarla? “No”, les dijo el dueño, “porque al arrancar la cizaña, corren el peligro de arrancar también en trigo. Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha, y entonces diré a los cosechadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, y luego recojan el trigo en mi granero” (Mt 13, 24-30).      

Lectura del Evangelio. ¿Qué enseña el Maestro?

Recordemos que para entender el sentido central de la parábola necesitamos ubicar el elemento más fuera de lo común y desconcertante. En esta parábola lo lógico y común parece que fuera la propuesta de los peones: limpiar el campo de la cizaña. Es la justificación dada más de una vez para expulsar a un alumno que se ha convertido en cizaña y que puede malear a sus compañeros; es la forma en que hemos reprimido expresiones de los jóvenes que nos resultaban molestas. ¡Cuánto trigo bueno hemos cortado, estigmatizando como cizaña a jóvenes difíciles y sus locas inquietudes!

El Maestro en su evangelio nos enseña, pues, que los hombres y mujeres soñados y creados por Dios para cuidar su vida y la vida en el mundo fueron hechos:

–       Conocedores de la buena semilla sembrada por Dios en el mundo (Génesis: “Dios vio que todo era bueno”);

–       Conscientes de la existencia del mal, obra del Enemigo, del “Extraño” al mundo bueno de Dios, el Demonio;

–       Creyentes en la bondad y fuerza del trigo, capaz de afirmar su identidad en contraste con la cizaña.

Como siempre no pretendemos que esta sea la única enseñanza de humanidad del Maestro, a partir de este texto, pero es la que en esta lectura orante percibimos y compartimos. Ante esta enseñanza resulta siempre válido preguntarse: ¿qué actualidad y vigencia tiene esta enseñanza de Jesús para nuestro tiempo y nuestra realidad? Aquí habrá muchas posibles respuestas. Personalmente me parece muy válido reafirmar la bondad original de nuestro mundo y de la humanidad creados por Dios. No faltan los que ven todo negro y podrido. También, necesitamos reconocer la existencia del Enemigo y del mal que él siembra en forma muy eficaz. Sobre todo, considero muy actual y muy vigente reafirmar nuestra fe en el trigo que es Jesús y su evangelio, que ayer, hoy y siempre, sigue en la tarea de ir convirtiendo el mundo en Reino de Dios.

Una de las enseñanzas que me deja el P. Juan José Bartolomé (que por muchos años nos ofreció una “lectio divina” en la página web de la Congregación) es que, en la “lectura orante” valen los aportes “para comprender el texto”. Es obvio, en cambio, que es tarea personal de cada uno, dejarse interpelar por Jesús, el Profeta-Mesías, acompañarse con la oración de Jesús, el Hijo de Dios y, sobre todo, reconocer los que están haciendo el Señor, para colaborar con Él.   Por eso, de aquí para adelante, muchas veces me limitaré a plantear las preguntas clásicas como un desafío para cada uno. Cuando más, con alguna pista que asegure la coherencia de cada paso con la enseñanza del Maestro.

A trabajar, pues, con el Profeta-Mesías, el Hijo de Dios y el Señor.

MEDITACIÓN: ¿Qué anuncia y denuncia Jesús, el Profeta? ¿A qué me interpela Jesús, el Mesías?

ANUNCIA que el Reino de Dios está donde se actúa con positividad y esperanza; atentos al mal “que ronda buscando a quien devorar”; y con fuerza y convicción que “el bien es más fuerte que el mal”.

DENUNCIA a los negativos y pesimistas, a los ingenuos y poco responsables, a los que se resisten a entrar en la línea del “Gozo del Evangelio” del Papa Francisco.

EL MESÍAS ME INTERPELA  a convertirme: ¿de qué, para abrir más espacio al Reino de Dios que con estos horizontes positivos busca crecer en mi y en mi entorno?

ORACIÓN: ¿Qué oración despierta Jesús el Hijo de Dios en mi? Bendición y acción de gracias…, perdón…, súplica….

CONTEMPLACIÓN: ¿En qué anda el Señor, para colaborar con Él?

Un abrazo grande y doble para saldar el no envío de la semana pasada. Pepelino

ANEXO:

Con Jesús según Mateo

TIEMPO DEL ESPÍRITU EN LA IGLESIA. DOMINGO 15 Valparaíso-Salesianos 13. 07. 2014                                                      PEPELINO

ENCUENTRO  DESDE LA VIDA EN COMUNIÓN

Mi compartir semanal va a ustedes desde el frío y el resfrío que ya les presenté en mi pasado compartir. Ahí lo presenté de llegada, ahora lo hago de salida. Por eso, para que no les llegue algo de los virus que me acompañaron, me limito a contarle que resfriado y todo, tuve una semana hermosa, gracias a Dios. Todo fue difícil y a media  voz en el cerro, el Domingo. Todo se fue arreglando luego, En particular destaco la eucaristía de la comunidad del lunes, con la que iniciamos un tiempo de vacaciones en el colegio y de cierta dispersión nuestra. El martes, almuerzo en casa de José Miguel Carrera, a quien conocí como estudiante de Pedagogía en Historia, y que hoy es un maduro educador e historiador, que se proyecta  como pedagogo en su hija Carolina y como historiador, en su hijo Leonardo. Un momento grato de vida familiar. El miércoles, sigue el frío y el resfrío, y el  partido Argentina-Holanda. Les adelanto, para mañana, que como hijo de la Patria Grande, quiero que gane Argentina; pero que en una tómbola entre los profesores, aposté por Alemania. O sea de todos modos estaré celebrando algo. El miércoles, termino compartiendo el encuentro mensual con los Salesianos Cooperadores. El jueves, notable, una visita al dentista y luego, viajar a Santiago para poder estar tempranito, en el Colegio “Laura Vicuña” el viernes en la mañana. El viernes, animando el retiro de esos educadores, en compañía de las Hnas Berta Castillo y Juanita Uribe, siento que molesta el resfrío, pero que es más fuerte la buena acogida y la linda experiencia vivida con esos hermanos. Volví mejor a Valparaíso, para encontrarme “en camino con Jesús según Mateo”, que terminó olvidándome del porfiado resfrío, que definitivamente va quedando atrás. Hoy sábado una mañana hermosa, como clima y como experiencia, compartiendo con unos 100 agentes pastorales de un decanato de Quilpué este tema-experiencia: “Encuentro con Cristo en la Palabra”. Se pueden imaginar cómo lo disfruté. Espero que también haya sido una fecunda experiencia para ellos. Fue un encuentro al que me invitó nuestro hermano Ricardo Cáceres, quien dejó de misionar Monzambique para misionar por estos lares, mientras acompaña a sus padres ancianos y, la mamá, enfermita. Dios me regaló además la alegría de encontrarme en este encuentro, con el Diác.Luis Romo, quien me llevó del Colegio al lugar del enuentro. Y allá, con un antiguo amigo de los años 70, Jorge González, por entonces discerniendo su vocación, y ahora viviendo, siempre, muy cerca de la Iglesia su jubilación de la PUC,  en Quilpué. Él me devolvió a casa, donde ahora estoy, bien abrigadito, terminando este compartir y espero que también, el resfrío que ya cumplió su ciclo. Así, espero mañana viajar sin problemas a integrarme en los ejercicios espirituales anuales, que realzaré, Dios mediante en Lo Cañas, animador por el P. Bartolomé, biblista, que fue el  primer secretario del P. Pascual Chávez, en su período de Rector Mayor. Acompáñenme, pues, con mucha oración. Gracias.

LECTURA ORANTE DEL EVANGELIO

Estamos caminando con Jesús según Mateo. Recordamos que el evangelio de Mateo, uediscurso. El domingo pasado retomamos el camino de Jesús, acercándonos a la parte narrativa del tercero de estos bloques de Mateo. Ese acercamiento se complementará  en  los domingos siguientes a través del correspondiente discurso, que es el de las parábolas del reino. Empezamos con la más significativa de ellas: la parábola del sembrador, que no sólo nos presenta el relato parabólico y su explicación, sino también, explica el sentido que las parábolas tienen en la predicación de Jesús. En este compartir nos limitamos al inicio (13,1-9), teniendo presente, sin embargo, toda la secuencia (13,1-23).

 Aquel día, Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar.  Una gran multitud se reunió junto a él, de manera que debió subir a una barca y sentarse en ella, mientras la multitud permanecía en la costa. Entonces él les habló extensamente por medio de parábolas.

Les decía: «El sembrador salió a sembrar. Al esparcir las semillas, algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron. Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotaron en seguida, porque la tierra era poco profunda; pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron. Otras cayeron entre espinas, y estas, al crecer, las ahogaron.  Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta.

 ¡El que tenga oídos, que oiga!».

Dicen los Maestros que en las parábolas, necesitamos prestar atención, sobre todo, a lo inesperado, a lo que sale de lo común. En ese sentido, personalmente, me llama la atención las “magnanimidad del sembrador”, por no decir la locura, al tirar semillas hasta sobre el camino, las rocas y las espinas….Luego, llama la atención la diversa productividad  de las semillas, evidentemente, según sea la calidad del terreno. Todo nos invita a recoger, de esta, parábola la siguiente enseñanza del Maestro. A la luz de este texto, podemos decir que Dios soñó y creó a los seres humanos:

–       Como TIERRA BUENA, una tierra buena, que a veces necesitará ser limpiada de malezas y pedregales, pero una tierra buena que siempre está.

–       Con vocación de SEMBRADORES, magnánimos y tal vez algo locos, como el Sembrador del Poema de Blanco Belmonte, sembradores que confían en la tierra buena y en la fuerza de la semilla.

–       Con consciencia de ser SEMILLAS de la humanidad soñada y creada por Dios.

Así soñó Dios al ser humano: primeramente a Jesús, su Hijo amado, que como hombre realizó plenamente su ser TIERRA BUENA, SEMBRADOR, Y SEMILLA. Así nos soñó a todos nosotros. Cuidemos, pues, nuestra tierra buena, la semilla que somos y sembremos los valores que el Señor nos ha confiado.

Los fríos y los resfríos son una buena excusa para el atraso en que  está saliendo mi compartir y por eso, para no extenderme más. También, me motiva a ello, el hecho que, el no haber aportado yo más elementos a los pasos clásicos de la Lectio Divina, motivó a varios amigos y hermanos a hacer ellos y el ejercicio y a compartirlo conmigo, dándome con eso una inmensa alegría. Por eso termino, dejándoles como desafío responder las preguntas y,a buscar en Google: el poema “Sembrando”, de Blanco Belmonte. Un poético comentario para esta parábola.

Lectura . ¿Qué enseña Jesús el Maestro?

Meditación. ¿Qué anuncia y denuncia Jesús el Profeta?

Oración. ¿Qué oración despierta el Hijo de Dios en mí?

Contemplación. ¿Qué está haciendo el Señor?

Con un abrazo magnánimo, los invito a “vivir sembrando, siempre sembrando”.

Pepelino

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Domingo 2o de Julio del 2014

Mt 13,24-43
Lo que estaba oculto desde la creación del mundo

En este Domingo XVI del tiempo ordinario continuamos la lectura del capítulo XIII del Evangelio de Mateo. Después de la parábola del sembrador, el evangelista nos presenta otras tres parábolas, que se caracterizan por tener la misma introducción: «Otra parábola les propuso, diciendo: “El Reino de los cielos es semejante a…”».

Decíamos que en este capítulo XIII el evangelista reúne ocho parábolas, constituyendo dentro de la organización de su Evangelio un discurso de Jesús en parábolas. El discurso comienza con el anuncio: «Les habló muchas cosas en parábolas», y termina con la conclusión: «Cuando completó Jesús estas parábolas, partió de allí» (Mt 13,53). Pero ciertamente Jesús no dijo todas esas parábolas juntas. ¿Por qué las agrupa el evangelista?

Mateo las agrupa, porque tienen un tema común, que el evangelista ve en el cumplimiento de un oráculo profético: «Abriré mi boca en parábolas, diré lo que estaba oculto desde la creación del mundo». Las parábolas son, entonces, la manifestación de algo que, desde la creación del mundo hasta ese momento, estaba oculto. Es algo que a nosotros se nos ha dado ver y oír: «¡Dichosos los ojos de ustedes, porque ven, y los oídos de ustedes, porque oyen! Pues les aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven, pero no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen, pero no lo oyeron» (Mt 13,16-17). A esa realidad, cuyo conocimiento hace dichoso, Jesús la llama «el Reino de los cielos». Es la realidad que tiene que expresar por medio de las parábolas: «El Reino de los cielos es semejante a…».

Para entender entonces qué es lo que Jesús llama «el Reino de los cielos» debemos buscar qué es lo que estaba oculto desde la creación del mundo y ahora se ha manifestado. San Pablo lo dice con claridad: «Cuando se cumplió la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer… para que recibieramos la adopción como hijos… Envió Dios a nuestros corazones el Espíritu de su hijo que clama: “Abbá, Padre”. De manera que ya no eres esclavo, sino hijo…» (Gal 4,4-7). Esto estaba decidido por Dios antes de la creación del mundo: «Dios nos ha elegido en Cristo, antes de la creación del mundo, para que fuesemos santos e inmaculados en el amor, destinandonos a ser sus hijos por medio de Jesucristo» (Ef 1,4-5). Esto es lo que San Pablo llama «el misterio», que a él le fue revelado y del cual fue constituido ministro: «Misterio que en generaciones pasadas no fue dado a conocer a los hombres, como ha sido revelado ahora a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu» (Ef 3,5). Esto es los que Jesús designa con la expresión «Reino de los cielos»; esto es lo que expone por medio de las parábolas. Se trata de la novedad de su Persona en el mundo y de nuestra elevación a hijos de Dios en él.

Es como un grano de mostaza, que sembrado en la tierra crece hasta transformarse en un árbol. De esta manera, Jesús constata que tuvo origenes muy modestos, pero anuncia su asombroso desarrollo futuro. Es como la levadura que fermenta toda la masa. De esta manera, explica que no debe quedar ningún espacio de la actividad humana que no sea transformado por Cristo. En este mismo sentido, Jesús decía a sus discípulos: «Ustedes son la sal de la tierra» (Mt 5,13); deben sazonarlo todo.

Pero, sobre todo, explica que en este tiempo, en que ya está en desarrollo la salvación obrada por Cristo, todavía hay que tener paciencia. En efecto, todavía está mezclado el bien y el mal –el trigo y la cizaña– y no se producirá su separación sino al fin del mundo. Juan Bautista fue el más grande de los profetas, porque señaló a Jesús como aquel que desde la creación del mundo estaba destinado por Dios a ser el Salvador: «He ahí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29). Pero, como suele ocurrir en los profetas, vio dos tiempos superpuestos: la plenitud del tiempo y el fin del mundo. Por eso anuncia: «Ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles; y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego» (Lc 3,9). Esto, en realidad, pertenece al fin, al tiempo de la separación del trigo y la cizaña una vez llegados a pleno desarrollo, como explica Jesús: «De la misma manera, pues, que se recoge la cizaña y se la quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, que recogerán de su Reino todos los escándalos y a los obradores de iniquidad, y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces, los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre». Todavía estamos en el tiempo en que, por medio de la conversión, lo que parece cizaña, pueda resultar trigo.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles

Domingo 08 de Junio del 2014 (Jn 20,19-23)
Como el Padre me envió, yo los envío 

La solemnidad de Pentecostés es la culminación de todo el año litúrgico. La venida del Espíritu Santo sobre la Iglesia lleva a término el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios y la redención obrada por él. En efecto, el Espíritu Santo, infundiendose en el corazón de cada persona, hace que se realice en ella la salvación.

El Evangelio de este domingo nos presenta el momento en que Jesús resucitado se aparece a sus discípulos reunidos al atardecer de aquel primer día de la semana en que él resucitó. Después de identificarse como el mismo que estuvo clavado a la cruz, mostrandoles las manos y el costado, y de repetir su saludo: «La paz con ustedes», Jesús agrega unas palabras que pueden considerarse como el origen de la misión de la Iglesia: «Como el Padre me envió a mí, así los envío yo a ustedes». La Iglesia tiene la misma misión que Cristo; ella prolonga en el tiempo y en el espacio la misión de Cristo, que él expresa así: «He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia… Yo les doy vida eterna» (Jn 10,10.28). Esa misión de salvación tiene su origen en Dios. Por eso nadie puede impedirla. Lo prometió Jesús: «Los poderes del infierno no prevalecerán contra ella (mi Iglesia)» (Mt 16,18). Hemos oído en estos días a diversos personajes públicos atribuir a la Iglesia todos los males de la historia y anunciar su pronto fin. ¡No prevalecerán! Ellos pasarán y la Iglesia continuará su misión, la que procede de Dios. A lo largo de la historia la Iglesia ha visto abatirse contra ella fuerzas mucho más poderosas. No han prevalecido.

Esa misión de salvación, que tiene su origen en Dios, la asumió, en primer lugar, Jesús: «Como el Padre me envió». Jesús hizo que esa misión llegara a la tierra. Él la realizó plenamente, como lo dice su última palabra: «Todo está cumplido» (Jn 19,30). Pero todavía faltaba que hiciera algo más: «Inclinando la cabeza, entregó el Espíritu» (Jn 19,30). El don del Espíritu haría posible la prolongación de esa misión en el mundo.

Por eso, después de decir a sus discípulos: «Yo los envío a ustedes», Jesús hizo un signo expresivo, acompañado de unas palabras que lo explican: «Sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo”». En la lengua que Jesús hablaba «espíritu» y «soplo» son la misma palabra. Pero este «soplo», que procede de Jesús, es «santo». El Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. Es necesario para la misión de salvación que Dios, en su designio de amor, decretó. La Iglesia no pudo comenzar su misión antes de recibir el Espíritu Santo. Jesús lo prometió a sus discípulos en cinco ocasiones. Este soplo sobre sus discípulos, una vez resucitado, es una ulterior promesa, la más expresiva. Se realizaría cincuenta días después (esto significa Pentecostés: cincuentenario), en la forma, precisamente, de «una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban» (Hech 2,2). Recibieron el Espíritu Santo, que esta vez, excepcionalmente, ofreció un signo visible: «Aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos» (Hech 2,3). Se había realizado la promesa reiterada de Jesús. Entonces pudo comenzar la misión que Jesús encomendó a su Iglesia: «Así los envío yo». En efecto, «comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse» (Hech 2,4). Era un mensaje universal, como reconocen hombres venidos de todo el mundo: «Todos los oímos hablar en nuestras propias lenguas las maravillas de Dios» (Hech 2,11).

Todos los cristianos, en el Bautismo y, con más plenitud, en la Confirmación hemos recibido ese «Soplo santo» de Jesús y hemos sido enviados por él a la misma misión que él realizó: consiste en hacer discípulos suyos a todas las naciones, comunicando el mismo Espíritu Santo que obra el perdón de los pecados y la incorporación a Cristo: «Bautizandolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo»; y «enseñandoles a guardar todo lo que yo les he mandado» (cf. Mt 28,20). En el cumplimiento de esta misión encuentra la Iglesia su finalidad y su más pleno gozo. El cumplimiento de esa misión es en el mundo la manifestación más evidente del Espíritu Santo que recibió el día de Pentecostés.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los ÁngelesII Domingo de Resurrección

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III DOMINGO DE RESURRECCIÓN Jn 20,19-31
Sabrán que Yo Soy

Jesús murió en la cruz antes que empezara el Sábado en el cual los judíos celebraban la Pascua. Esa tarde su cuerpo fue depositado con prisa en el sepulcro y luego hubo que observar el descanso sabático. Pero, apenas pasó el Sábado, al alba del primer día de la semana, Pedro y el discípulo amado corrieron al sepulcro, inducidos por María Magdalena, y vieron que el cuerpo de Jesús no estaba en el sepulcro, pero las vendas y el sudario con que lo habían amortajado estaban allí. Entonces, el discípulo amado, que es quien escribe estas cosas, dice, refiriendose a sí mismo: «Vio y creyó». Sabemos lo que vio. Pero ¿qué es lo que creyó? No lo dice abiertamente, pero lo deducimos de sus palabras: «Hasta entonces no habían comprendido que, según las Escrituras, Jesús debía resucitar de entre los muertos». No habían comprendido; pero ahora él comprende y, por tanto, cree que Jesús resucitó de entre los muertos. Es el único que ha llegado a esa convicción; creyó que Jesús estaba vivo sin haberlo visto. Recordemos que este es el único discípulo que estaba al pie de la cruz y fue testigo de la muerte de Jesús. Recibió el don de la fe por su fidelidad.

En la tarde de ese mismo día fue el turno de los otros nueve discípulos de llegar a esa convicción (Judas había traicionado a Jesús y se había quitado la vida y Tomás no estaba con ellos). Pero fue necesario que ellos vieran a Jesús vivo: «Estando cerradas… las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, vino Jesús, se puso en el medio y les dijo: “Paz a ustedes”». Verificaron que estaban viendo al mismo Jesús, viendo las señas de su crucifixión: «Les mostró las manos y el costado». Sólo entonces «los discípulos se alegraron de ver al Señor». Y luego pueden decir al discípulo ausente: «Hemos visto al Señor». Refieren lo visto. No se habla de fe.

Tomás no ha visto a Jesús resucitado. De él se exige creer en el testimonio de sus hermanos, es decir, creer sin haber visto. Pero no cree. Quiere verificar, igual que los otros nueve; y no sólo con el sentido de la vista, sino también del tacto, no sea que haya alguna ilusión: «Si no veo en sus manos la marca de los clavos y no meto mi dedo en la marca de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré». Pero, si llegara a verificar de esa manera ¿qué es lo que habría creído? «La fe es…la prueba de las realidades que no se ven» (Heb 11,1).

Ocho días después –de nuevo el primer día de la semana, correspondiente a este Domingo II de Pascua–, Jesús se aparece de nuevo a sus discípulos reunidos y pide a Tomás que verifique su resurrección: «Trae aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente». Tenemos que agradecer a Tomás esta insistencia en las llagas de Jesús, porque ellas no sólo lo identifican como el crucificado, sino que son el signo perenne de nuestra redención: «Por sus llagas ustedes han sido curados» (1Ped 2,24; cf. Is 53,5).

Hasta ahora Tomás ha sido incrédulo. Pero ahora, al ver a Jesús resucitado, va a hacer un acto de fe que ninguno de los demás apóstoles ha hecho; va a confesar a Jesús como su Dios, diciendole: «Señor mío y Dios mío». Durante su vida terrena, en varias ocasiones, Jesús había asumido para sí el nombre que Dios había revelado a Moisés: «Cuando hayan levantado al Hijo del hombre, entonces sabrán que Yo Soy» (Jn 8,28.24.58; 13,19). Jesús había declarado: «Yo y el Padre somos uno» (Jn 10,30). Pero ninguno de sus discípulos había captado el peso de esas palabras; no podían entender por qué Jesús las decía. Habían captado su sentido, en cambio, los judíos, pero catalogandolas de blasfemia y queriendo por eso apedrear a Jesús: «Porque tú, siendo hombre, te haces a ti mismo Dios» (Jn 10,33). Ahora Jesús ya había sido levantado y Tomás, viendo a Jesús resucitado, fue el primero de sus discípulos que comprendió el sentido de aquellas palabras y creyó que Jesús era su Dios, el único Dios revelado al pueblo de Israel. Vio y creyó. Ante ese admirable y único acto de fe, Jesús formula la estructura de todo acto de fe: «Porque me has visto, has creído». Quiere decir: Me has visto resucitado y has creído que soy tu Dios. Cristo resucitado se pudo ver y tocar; pero Dios no se puede ver: es necesario creer. El Hijo de Dios se encarnó para que viendolo a él, mediante la fe, podamos ver a Dios.

¿Por qué el discípulo incrédulo resultó el más creyente? Porque así actúa Dios. Él dio el paraíso al buen ladrón, que mereció la crucifixión por sus crimenes; Él da al obrero de la última hora lo mismo que al obrero de la primera hora; Él da su gracia a los humildes, y Tomás reconoció su obstinación y se humilló. La fe es un don maravilloso de Dios, un tesoro inestimable que Dios nos concede cuando concurren dos cosas: la humildad y el testimonio de los cristianos, la humildad del que cree y algo que se ve y sirve como signo.Domingo 23 de Marzo de 2014

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ánge
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III DOMINGO DE CUARESMA (Jn 4,5-42)

El encuentro y diálogo de Jesús con la mujer samaritana junto al pozo de Jacob en la localidad de Sicar, que caracteriza a este Domingo III de Cuaresma, es el segundo encuentro personal de Jesús, fuera del círculo de sus discípulos, que nos relata el IV Evangelio. El primero fue con Nicodemo, un magistrado judío. Son encuentros muy distintos. En efecto, Nicodemo es judío y fariseo y tiene él la iniciativa de venir donde Jesús, porque ha tenido noticia de las cosas que él hace: «Vino éste donde Jesús de noche y le dijo: “Rabbí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede hacer las señales que tú haces, si Dios no está con él”». La samaritana se encontró con Jesús en pleno día, de manera fortuita e inesperada, y en este caso es Jesús quien inicia la conversación. Pero ambos encuentros tienen en común que el punto central es la revelación de Jesús.

Para iniciar el diálogo con la samaritana Jesús tiene que superar una barrera casi infranqueable. Los judíos consideraban a los samaritanos como semipaganos, por tener un lugar de culto distinto al de Jerusalén ­el monte Garizim­; y los despreciaban, porque tenían mezcla de otros pueblos. Jesús comienza el diálogo de la manera más humilde y delicada, mostrandose necesitado de la ayuda de la mujer: «Dame de beber». Jesús estaba sentado junto al pozo cansado por el camino, él solo, porque sus discípulos habían ido al pueblo a comprar alimentos. Antes de satisfacer su sed, la mujer no puede dejar de expresar su extrañeza: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana?». El diálogo ya está iniciado. Por la réplica de Jesús comprendemos que más que sed de esa agua material, lo que Jesús tiene es «sed de la fe de esa mujer», como afirma San Agustín, y más que desear de ella el agua de ese pozo lo que desea es darle él a ella un agua infinitamente superior.

«Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: “Dame de beber”, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva». La mujer ignora ambas cosas: el don de Dios y quién es Jesús. En realidad, son una sola, como lo afirmó en su diálogo anterior con Nicodemo: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). En esta declaración fundamental lo lógico era decir: «Envió a su Hijo único». Así lo dice San Pablo: «Cuando se cumplió la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer» (Gal 4,4). Jesús habla de su propia Persona como un «don de Dios» al mundo, un don absolutamente gratuito sin otro móvil que el amor de Dios al mundo. El don de Dios al mundo es su Hijo único. Este es quien pide de beber a la samaritana.

El agua material es necesaria para la vida humana. Pero no puede calmar la sed de una vez para siempre. La mujer debe ir al pozo todos los días. En cambio, al agua que Jesús promete sacia todo anhelo humano y de una vez para siempre: «Todo el que beba de esta agua (la del pozo), volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le daré se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna». Esa agua no sólo se recibe pasivamente y sacia para siempre toda sed, sino que transforma a quien la recibe en manantial que surte a otros de vida eterna. Comprendemos así que Jesús es el primer manantial de esa agua viva y que a sí mismo se refiere, cuando el último día de la fiesta de las tiendas, también en comparación con el agua material que entonces se celebraba, exclama: «El que tenga sed, que venga a mí, y beba el que crea en mí». Como dice la Escritura: “De su seno correrán ríos de agua viva”. Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él» (Jn 7,37-39).

Al comprender la mujer que Jesús era un profeta ­después que le dijo todos los detalles más privados de su vida­, manifestó inmediatamente su inquietud religiosa: dónde es que se debe adorar a Dios, ¿en Samaría o en Jerusalén? Jesús le da una respuesta imposible para un judío de ese tiempo: «Ni en este monte ni en Jerusalén», ¡tampoco en Jerusalén! El culto al Dios verdadero no está vinculado a un lugar preciso, sino a un modo preciso: «Dios es espíritu, y los que adoran, deben adorar en espíritu y en verdad». La adoración debe ser movida por el Espíritu, que daría Jesús, y en la Verdad, que es el mismo Jesús. La verdadera adoración, la que Dios quiere, la hace posible solamente Jesús. Lo proclamamos nosotros cada vez que ofrecemos el verdadero culto: «Por él, con él y en él, a ti Dios, Padre omnipotente, todo honor y toda gloria, por los siglos de los siglos. Amén».

La respuesta de Jesús no convenció a la mujer y ella zanjó la cuestión diciendo: «Sé que va a venir el Mesías, el llamado Cristo. Cuando venga, nos explicará todo». La mujer nunca se habría imaginado lo que oyó: «Yo soy, el que habla contigo». Ella creyó y así sació la sed de Jesús. Luego, corrió a anunciarlo a su pueblo. No sabemos qué ocurrió después con esa anónima mujer. Pero su historia representa la de todos los cristianos. Todos hemos tenido un encuentro personal con Cristo que ha transformado nuestras vidas y nos ha saciado la sed de Dios que experimentamos. El tiempo de la Cuaresma es un tiempo propicio para que Dios nos conceda ese don.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ánge
les 

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Domingo 16 de Marzo del 2014 

II DOMINGO DE CUARESMA (Mt 17, 1-9)

Reflexión del P. Clauido Cartez Andrade

“Mi corazón sabe que dijiste: “busquen mi rostro”. Yo busco tu rostro, Señor, no lo apartes de mí ” (Cf. Sal 26,8-9).

Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz. De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús. Pedro dijo a Jesús: “Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: “Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo”. Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor. Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: “Levántense, no tengan miedo”. Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: “No hablen a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos”.

Puntos para la reflexión.

Muchas interpretaciones justas de este texto, a aluden la cercanía temporal de la Trasfiguración con la fiesta judía de las Tiendas, lo que hace aun más relevante el contexto en que se da. Otras interpretaciones se acercan más que al contexto, a algunas situaciones ocurridas en el Antiguo testamento, como la subida de Moisés al Monte Sinaí, (Ex. 24, la alianza de Dios con Israel). No podemos descuidar tampoco en el contexto el monte, porque pertenece a todo un mundo simbólico y concreto de la vida de Jesús. En un monte se dan escenas del todo significativas para la vida de Jesús, lo que también interiormente significan mucho. La subida, la cercanía con lo alto, el esfuerzo ascendente, etc. una interpretación absolutamente válida y muy bien respaldada la aborda el Papa emérito Benedicto XVI en su texto Jesús de Nazaret, aludiendo a la luminosidad del rostro en la persona de Jesús como reflejo de su intima relación con el Padre. La luz será siempre un signo de esta cercanía, de la Resurrección, del calor, y por lo tanto de la vida. Por eso no es de extrañar que su rostro sea de una luz tal que no tenga comparación alguna, más que el sol, al igual que sus vestidos, como lo hace notar uno de los evangelistas. Es Jesús el que “es Luz” no la recibe externamente, proceso pedagógico que nos permite pensar en un camino de subida, en la oración, en la cercanía y estrechez de los vínculos con el Padre. La escena es enormemente significativa para la vida consagrada, pero lo es para todo cristiano que sigue este itinerario junto a Jesús, como Pedro, Santiago y Juan. Esta puesta justo al segundo domingo de Cuaresma para animarnos a “estar con Jesús”, a permanecer con él, pero a “continuar el camino”, porque recién lo estamos comenzando. Representa

EN TIEMPO DE CUARESMA | 33

muy bien el futuro, inmediato por la Resurrección que ya viene, pero más a largo plazo, por la vida eterna, lo que espera “a los hijos de la luz”. No deja de ser consoladora la escena en este sentido para los que caminan con Jesús, para los que suben al monte, para los que, Él les deja ver su rostro.

La presencia de Elías y Moisés es siempre significativa por que nos pone en perspectiva de que la Escritura debía ser releída continuamente, ahora a la “Luz que es Cristo”. Es el Señor quien nos introduce y nos conecta permanentemente con la Tradición del Pueblo de Israel, con Elías, con Moisés y los profetas. “Él nos explica las escrituras y parte para nosotros el pan”.

Para la oración.

Señor, si no estás aquí, ¿dónde te buscaré estando ausente?

Si estás por doquier,

¿cómo nos descubro tu presencia?

Cierto es que habitas en una claridad inaccesible.

Pero ¿dónde se halla esa inaccesible claridad?

¿Quién me conducirá hasta allí para verte en ella?

Y luego, ¿con qué señales, bajo qué rasgos te buscaré?

Nunca jamás te vi, Señor, Dios mío; no conozco tu rostro… Enséñame a buscarte y muéstrate a quien te busca, porque no puedo ir en tu busca, a menos que Tú me enseñes, y no puedo encontrarte si Tú no te manifiestas.

Deseando te buscaré, te desearé buscando, amando te hallaré, y encontrándote te amaré.

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Reflexión de † Felipe Bacarreza Rodríguez 

“Señor, bueno es estar nosotros aquí”.

«Seis días después, tomó Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos». La precisión cronológica: «Seis días después» vincula este episodio de la Transfiguración del Señor, que caracteriza al Domingo II de Cuaresma, con la confesión de Pedro. Esta vinculación resulta más evidente en el Evangelio de Mateo, pues en este Evangelio la confesión de Pedro: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo» (Mt 16,16), es corroborada por la voz que viene de la nube luminosa que los cubrió con su sombra en la Transfiguración: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco; escuchenlo».

También suele vincularse la Transfiguración con el primer anuncio de su pasión y muerte que hizo Jesús a sus discípulos «seis días antes», a continuación de la confesión de Pedro. En este caso, la Transfiguración, que es una manifestación de la divinidad de Jesús, tendría como objetivo disponer a los apóstoles para afrontar el escándalo de la cruz, que es el extremo opuesto: «Tomó la forma (figura) de esclavo… y se humilló haciendose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Fil 2,7.8). Así lo interpreta el Prefacio de la Misa que se celebra este domingo: «Habiendo anunciado a sus discípulos su propia muerte, les manifestó su esplendor en el monte santo, para mostrarles que por la pasión llegaría a la gloria de la resurrección».

¿Qué es lo que experimentaron los tres apóstoles en ese monte santo? Es imposible expresarlo con nuestras palabras. Pero trataremos de responder fijando nuestra atención en la reacción de Pedro: «Señor, bueno (kalón) es estar nosotros aquí». En este «nosotros» se incluye también Jesús transfigurado. Y él, Jesús, está de acuerdo en que es «bueno». En otra ocasión, cuando alguien llama a Jesús: «Maestro bueno (agathós)», él responde: «Nadie es bueno sino sólo Dios» (Mc 10,17.18). Estar con Jesús transfigurado era «bueno», hasta el punto de que no hay nada mejor a que pueda aspirar un ser humano. En ese momento los discípulos estaban con Dios, gozando de un anticipo de la gloria celestial. Eso es lo que experimentaron.

Esto aclara otro anuncio, contrario al de su pasión, que pronuncia Jesús, también seis días antes de esa subida al monte con los tres apóstoles y que en el Evangelio precede inmediatamente al relato de la Transfiguración: «El Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles y entonces pagará a cada uno según su proceder» (Mt 16,27). Ante la perplejidad de los oyentes, agrega esta promesa enigmática: «En verdad les digo que hay algunos de los aquí presentes que no gustarán la muerte hasta que vean al Hijo del hombre venir en su Reino» (Mt 16,28). Algunos de los presentes eran Pedro, Santiago y Juan, los tres que Jesús llevó consigo al monte santo. Si la Transfiguración de Jesús ante esos testigos no hubiera tenido lugar, esa promesa de Jesús habría quedado sin cumplir. ¡Imposible, cuando quien promete es la Verdad misma! El evangelista Lucas, en su relato de la Transfiguración, registra el cumplimiento de lo prometido: «Pedro y los que estaban con él… vieron su gloria» (Lc 9,32).

«Su rostro brilló como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz». En el mundo material no tenemos experiencia de nada más brillante que el sol ni más blanco que la luz. En la naturaleza inanimada tal vez nada es mejor que el sol. Una anécdota de los filósofos griegos lo afirma: «Tomando el sol Diógenes, el cínico, se paró junto a él Alejandro (Magno) y le dijo: “Pideme lo que quieras”. Y él le respondió: “No me quites el sol”». El emperador le estaba haciendo sombra. Pero infinitamente mejor que el sol y que todo lo creado es Jesús. Bien lo sabía el gran santo y teólogo Tomás de Aquino, quien ante igual ofrecimiento, hecho esta vez por Jesús mismo, respondió: «Te pido a ti, Señor». Es la respuesta que no habría vacilado en dar San Pablo quien escribe: «Para mí el vivir es Cristo, y la muerte, una ganancia… anhelo partir y estar con Cristo, lo cual, ciertamente, es, lejos, lo mejor» (Fil 1,21.23). Ese «estar con Cristo», que es absolutamente lo máximo, es lo que vivieron los tres apóstoles en el monte santo. Eso es lo que todos anhelamos.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles

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Domingo 09 de Marzo del 2014

Mt 4,1-11
Los ángeles lo servían

En el episodio del Bautismo de Jesús, el Evangelio de Mateo nos ofrece dos datos fundamentales acerca de la identidad de Jesús: vino sobre él el Espíritu de Dios y una voz que salía de los cielos (se entiende de Dios) lo declara su Hijo amado. Estos dos datos son el trasfondo del episodio siguiente, el de las tentaciones a Jesús, que leemos en este Domingo I de Cuaresma.

«Entonces Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto». Jesús siente un impulso interior, inducido por el Espíritu, de retirarse a la soledad para orar, para estar en comunión de amor con su Padre, y permaneció allí durante cuarenta días ayunando. Este es el origen del tiempo litúrgico de la Cuaresma. Durante estos cuarenta días también nosotros debemos retirarnos a menudo a la soledad para estar con Dios. Inauguró esta práctica Moisés, invitado por Dios, cuando le dio el Decálogo: «Dijo el Señor a Moisés: “Prepárate para subir mañana temprano al monte Sinaí; allí en la cumbre del monte te presentarás a mí”… Moisés estuvo allí con el Señor cuarenta días y cuarenta noches, sin comer pan ni beber agua. Y escribió en las tablas las palabras de la alianza, las diez palabras» Ex 34,2.28). Tanto en Jesús como en Moisés observamos que, estando con Dios, las necesidades materiales, representadas por el comer y el beber, quedan suspendidas.

Mateo afirma que Jesús fue conducido al desierto con una finalidad: «para ser tentado por el diablo». ¿Por qué atribuye al Espíritu esa finalidad? Nosotros oramos todo lo contrario: «No nos introduzcas en tentación» (Mt 6,13). Según el evangelista, el Espíritu obra de esa manera respecto de Jesús para que él se revele como verdadero Hijo de Dios y repare, con su total fidelidad a la voluntad de su Padre, la serie de infidelidades que tuvo el pueblo de Israel durante los cuarenta años que transcurrió en el desierto, después del éxodo.

Al cabo de esos cuarenta días, como es natural, Jesús sintió hambre. Estamos hablando de un hambre tremenda. Como Hijo de Dios, él ha recibido el poder de hacer milagros. ¿No podría usarlo para satisfacer su necesidad? Es lo que le sugiere el Tentador: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes». Pero ese poder Jesús lo recibió para cumplir su misión, «para que tengan vida, y la tengan en abundancia» (Jn 10,10), como lo demuestra en la multiplicación de los panes y las curaciones que realiza, y no para su propio beneficio. La tentación es siempre una invitación a obrar de manera contraria a la voluntad de Dios. Jesús rechaza la tentación recurriendo a la Escritura: «Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios». Si Jesús hubiera calmado el hambre de alimento material faltando a la voluntad de Dios, habría perdido su propio alimento, incurriendo en un hambre infinitamente mayor: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra» (Jn 4,34). El mundo de hoy, que abunda en alimento material y sobrepeso, está, en cambio, famélico de ese otro alimento.

En la segunda tentación el diablo usa, él mismo, la Escritura: «Si eres Hijo de Dios, tirate abajo, porque está escrito: “A sus ángeles te encomendará, y en sus manos te llevarán, para que no tropiece tu pie en piedra alguna”». Se trata de poner a prueba a Dios (tentarlo), a ver si va a cumplir o no su palabra. El diablo quiere que Jesús exija a Dios que mande a sus ángeles a servirlo a él. Es lo que hacemos nosotros, cuando exigimos: «¿Por qué Dios no resuelve tal o cual problema, por qué no impide las guerras, por qué no castiga a los malos, etc.? Jesús rechaza toda pretensión de imponer algo a Dios: «También está escrito: No tentarás al Señor tu Dios».

Por último, el diablo ya no se disfraza ni oculta. Se manifiesta abiertamente y ¡le pide a Jesús que lo adore! Entiende que eso Jesús no lo hará gratuitamente. Le ofrece, a cambio, «todos los reinos del mundo y su gloria». Esta es la tentación en la cual caen los seres humanos con mayor frecuencia: entran a pacto con el mal con el fin de obtener riquezas y poder. Debemos imitar la energía que tuvo Jesús para rechazarla: «Apártate, Satanás, porque está escrito: Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a él darás culto».

Jesús salió victorioso de toda tentación. Podría parecer que venció, sí, pero quedó con hambre, sin riqueza y sin poder. No es así. La conclusión es otra: «El diablo lo dejó. Y he aquí que se acercaron unos ángeles y lo servían». Lo que él no hizo –un milagro para procurarse pan–, lo que no exigió a Dios –que los ángeles lo lleven en sus manos– Dios se lo concedió, y de manera mucho más abundante: «Los ángeles lo servían». A nosotros, si resistimos la tentación, se nos dará mucho más que lo que podamos siquiera imaginar: «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó lo que Dios tiene preparado para quienes lo aman» (1Cor 2,9).

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles Domingo 02 de Marzo del 2014

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Domingo 02 de Marzo del 2014 

HOMÍLIA DEL PAPA FRANCISCO

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Al centro de la Liturgia de este domingo encontramos una de las verdades más confortantes: la divina Providencia. El profeta Isaías la presenta con la imagen del amor materno lleno de ternura. Y dice asi: “¿Se olvida una madre de su criatura, no se compadece del hijo de sus entrañas? ¡Pero aunque ella se olvide, yo no te olvidaré!” (49,15). ¡Que hermoso es esto! Dios no se olvida de nosotros, de ninguno de nosotros, ¿eh? De ninguno de nosotros, nos recuerda con nombre y apellido. Nos ama y no se olvida. Que hermoso es pensar en esto. Esta invitación a la confianza en Dios encuentra un paralelo en la página del Evangelio de Mateo: “Miren los pájaros del cielo –dice Jesús- ellos no siembran ni cosechan, ni acumulan en graneros, y sin embargo, el Padre que está en el cielo los alimenta.… Miren los lirios del campo, cómo van creciendo sin fatigarse ni tejer. Yo les aseguro que ni Salomón, en el esplendor de su gloria, se vistió como uno de ellos.” (Mt 6,26.28-29).

Pero pensando en tantas personas que viven en condiciones de precariedad, o incluso en la miseria que ofende su dignidad, estas palabras de Jesús podrían parecer abstractas, si no ilusorias. ¡En realidad son más que nunca actuales! Nos recuerdan que no se puede servir a dos patrones: Dios y la riqueza. Mientras cada uno busque acumular para sí, jamás habrá justicia. Debemos escuchar bien esto, ¿eh? Mientras cada uno busque acumular para sí, jamás habrá justicia. Si en cambio, confiando en la providencia de Dios, buscamos juntos su Reino, entonces a nadie faltará lo necesario para vivir dignamente.

Un corazón ocupado por la furia de poseer es un corazón lleno de esta furia de poseer, pero vacío de Dios. Por eso Jesús ha advertido varias veces a los ricos, porque en ellos es fuerte el riesgo de colocar la propia seguridad en los bienes de este mundo, y la seguridad, la seguridad definitiva, está en Dios. En un corazón poseído por las riquezas, no hay más espacio para la fe. Todo está ocupado por las riquezas, no hay lugar para la fe. Si en cambio se deja a Dios el lugar que le espera, o sea el primer lugar, entonces su amor conduce a compartir también las riquezas, a ponerlas al servicio de proyectos de solidaridad y de desarrollo, como demuestran tantos ejemplos, también recientes, en la historia de la Iglesia. Y asi, la Providencia de Dios pasa a través de nuestro servicio a los demás, nuestro compartir con los demás. Si cada uno de nosotros no acumula riquezas solamente para sí sino que las pone al servicio de los demás, en este caso la Providencia de Dios se hace visible como un gesto de solidaridad. Si en cambio alguien acumula solo para sí, ¿qué le pasará cuando será llamado por Dios? No podrá llevarse las riquezas consigo porque -sepan- la mortaja ¡no tiene bolsillos! Es mejor compartir, porque solamente llevamos al cielo aquello que hemos compartido con los demás.

El camino que Jesús indica puede parecer poco realista con respecto a la mentalidad común y a los problemas de la crisis económica; pero, si pensamos bien, nos conduce a la escala justa de valores. Él dice: “¿No vale acaso más la vida que la comida y el cuerpo más que el vestido?” (Mt 6,25). Para hacer que a nadie le falte el pan, el agua, el vestido, la casa, el trabajo, la salud, es necesario que todos nos reconozcamos hijos del Padre que está en el cielo y por lo tanto hermanos entre nosotros, y nos comportemos consecuentemente. Esto lo recordé en el Mensaje para la Paz del 1 de enero: el camino para la paz es la fraternidad: este caminar juntos,compartir las cosas.

A la luz de la Palabra de Dios de este domingo, invoquemos a la Virgen María como Madre de la divina Providencia. A ella confiamos nuestra existencia, el camino de la Iglesia y de la humanidad. En particular, invoquemos su intercesión para que todos nos esforcemos en vivir con un estilo simple y sobrio, con la mirada atenta a las necesidades de los hermanos más necesitados.

Leer más:  La homilía completa del Papa Francisco este domingo en el Vaticano  http://www.teinteresa.es/religion/completa-Papa-Francisco-domingo-Vaticano_0_1094291221.html#WaQ10Uq2GurTnhBB
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Mt 6, 24-34 Nunca vi a un justo abandonado

El Evangelio de este Domingo VIII del tiempo ordinario comienza con un principio formulado por Jesús: «Nadie puede servir a dos señores». Parece un principio evidente. Pero, de todas maneras, Jesús lo explica: «Aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro».

Alguien podría razonar diciendo: «Yo no tengo ese problema,  porque yo no sirvo a ningún señor». El que así razona, en ese mismo razonamiento, se declara siervo de un señor, y del más tiránico de todos: el «padre de la mentira», es decir, el diablo. En efecto, al pensar de ese modo está siendo engañado. Ese mismo señor, a través del engaño, sometió a Adán y Eva. Ellos también pretendieron ser autónomos. Pero ya sabemos con qué resultado. El ser humano está, por su propia naturaleza, creado para servir. El primer verbo que se refiere a la actividad del ser humano después de su creación es el verbo «servir»: «Tomó el Señor Dios al hombre (adam) y lo puso en el jardín del Edén para que lo sirviera…» (del texto hebreo de Gen 2,15). Por eso, Jesús no considera el caso de que un ser humano no sirva a algún señor. El ser humano no tiene la alternativa de «servir o no servir». La única alternativa que tiene es «a quién servir». Y no puede elegir a dos señores.

Si un Señor es Dios, ¿quién puede competir con Dios? Responde Jesús: «No pueden servir a Dios y a Mamona». Mamona es la riqueza personificada. Ella puede ser señor del ser humano y ponerlo a su servicio. Cuando eso ocurre, el resultado es el desprecio del otro Señor, Dios. No es una hipótesis irreal; desgraciadamente, se ve muy a menudo.

Mamona se pone en el lugar de Dios y quiere remedar la Providencia divina. En efecto, el siervo de Dios canta: «El Señor es mi pastor, nada me falta» (Sal 23,1); el siervo de Mamona piensa, en cambio, que gracias a su mucho dinero no le falta nada y que su vida está asegurada por sus muchos bienes. Dios dice a uno de esos siervos de Mamona, que confiaba en sus riquezas: «Necio, esta misma noche te reclamarán el alma»; y Jesús nos advierte: «La vida de uno no está asegurada por sus bienes» (Lc 12,20.15). La vida del ser humano está en las manos de Dios: «¿Quién de ustedes, preocupandose, puede añadir un solo codo al tiempo de su vida?».

Ciertamente, en esta vida terrena hay cosas materiales de las que tenemos necesidad: la comida, la bebida, el vestido. Jesús asegura: «Sabe el Padre de ustedes celestial que tienen necesidad de todas esas cosas». Al siervo de Dios esto debería bastar para vivir confiado y evitar toda angustia, como nos repite Jesús dos veces: «No anden preocupados diciendo: ¿Qué comeremos?, ¿qué beberemos?, ¿con qué nos vestiremos?». De esas cosas se preocupan los que no tienen al Dios omnipotente por Padre y Señor: «Por todas esas cosas se afanan los paganos».

Si Dios nos ha dado lo que es más, ¿cómo no nos va a dar lo  menos? Él nos dio la vida y el cuerpo, que son ciertamente más que el alimento y que el vestido: «¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?». Si Dios nos dio la vida y el cuerpo, Él nos dará también lo necesario para sustentarlos. Y para darnos una prueba Jesús nos invita a contemplar las aves del cielo: «El Padre de ustedes celestial las alimenta». Y los lirios del campo: «Ni Salomón, en toda su gloria, se vistió como uno de ellos. Si a la hierba del campo… Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con ustedes, hombres de poca fe?». Pero, movido por su amor, Dios nos ha dado algo infinitamente mayor que la misma vida y el cuerpo: nos dio a su propio Hijo. Pregunta San Pablo: «Si Dios entregó a su propio Hijo por todos nosotros, ¿cómo no nos regalará, junto con él, todas las cosas?» (Rom 8,32). Bien sabía esto el gran místico San Juan de la Cruz, para quien todas las riquezas del mundo eran como «un puñado de arena» (cf. Sab 7,9): «Míos son los cielos y mía es la tierra; mías las gentes, los justos son míos y míos los pecadores; los ángeles son míos, y la Madre de Dios y todas las cosas son mías; y el mismo Dios es mío y para mí, porque Cristo es mío y todo para mí» (se entiende: «Cristo y todo él es mío»).

Jesús empeña su palabra: «Busquen primero el Reino de Dios y su justicia y todas esas cosas serán dadas a ustedes por añadidura». Usa la forma pasiva «serán dadas» indicando que el agente es Dios. Ya lo había verificado un sabio de Israel: «Fui joven, ya soy viejo: nunca vi a un justo abandonado, ni a su descendencia buscando el pan» (Sal 37,25). Han pasado muchos siglos y hasta ahora nadie ha podido contradecir esa observación y no podrán hacerlo nunca, porque la ha confirmado Jesús.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles

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Domingo 16 de Febrero del 2014 

Mt 5,17-37
No mi propia justicia, sino la justicia de Dios

En el Evangelio de este Domingo VI del tiempo ordinario leemos una advertencia que Jesús dirige a sus discípulos: «Si la justicia de ustedes no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los cielos». ¿Se trata sólo de una cuestión de graduación? Los escribas y fariseos eran los mejores exponentes de la religión judía. ¿Es que los discípulos de Cristo tienen que ser más observantes aun? No se trata de eso. En realidad, Jesús está hablando de una justicia enteramente nueva. Su sentencia establece una distinción esencial y no sólo de grado entre el régimen del Antiguo Testamento y el régimen del Nuevo Testamento; entre las obras de la ley como medio de justificación y la fe en Cristo; entre el esfuerzo humano y la gracia de Dios.

La justicia de la cual Jesús habla es el estado del ser humano en su relación con Dios que le merece la salvación. Según los fariseos, ese estado lo logra el esfuerzo humano en el cumplimiento de la ley. Para el cristiano ese estado supera infinitamente todo esfuerzo humano y se recibe exclusivamente como un don gratuito de Dios, merecido por la pasión y muerte de Cristo.

Nadie mejor que San Pablo podía entender esta diferencia, porque él pasó de un régimen a otro, y los vivió ambos en su nivel máximo. A los gálatas les escribe: «Ustedes están enterados de mi conducta anterior en el Judaísmo… cómo sobrepasaba en el Judaísmo a muchos de mis compatriotas contemporáneos, superandolos en el celo por las tradiciones de mis padres» (Gal 1,13-14). Su curriculum era este: «Circuncidado el octavo día; del linaje de Israel; de la tribu de Benjamín; hebreo e hijo de hebreos; en cuanto a la Ley, fariseo; en cuanto al celo, perseguidor de la Iglesia; en cuanto a la justicia de la Ley, intachable» (Fil 3.5-6). Pero después que conoció a Cristo y creyó en su divinidad y en el valor redentor de su muerte y resurrección, a esa «justicia de la ley» la llama «mi propia justicia» y, obviamente, le parece inexistente en comparación con «la justicia que viene de Dios»: «Ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, juzgo que todo es pérdida (todo lo anterior) y lo tengo por basura para ganar a Cristo y ser hallado en él, no con la justicia mía, la que viene de la Ley, sino la que viene por la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios…» (Fil 3,8-9).

Esta «justicia que viene de Dios» se manifiesta en el cumplimiento del mandamiento de Cristo, que él llama «mandamiento nuevo»: «Les doy un mandamiento nuevo… Este es mi mandamiento: que ustedes se amen unos a otros como yo los he amado» (Jn 13,34; 15,12). ¿Quién puede presumir haber cumplido este mandamiento, para merecer la salvación? Jesús explica cómo se cumple su mandamiento en relación con los mandamiento del decálogo, que él afirma «no haber venido a abolir, sino a dar cumplimiento». La ley había sido dada por Dios y como tal todavía está plenamente vigente. Nadie, fuera del mismo Dios, puede darle su interpretación última, su «cumplimiento». Eso lo hace Jesús acomodando la ley antigua a su mandamiento único del amor: «Han oído que se dijo a los antepasados… pero YO les digo». Ese YO de Jesús es su Persona divina, Dios mismo.

Para cumplir el mandamiento nuevo del amor dado por Jesús no basta abstenerse de matar al prójimo; hay que abstenerse de irritarse contra él, de difamarlo y de insultarlo. Para cumplir el mandamiento de Cristo no basta abstenerse de cometer adulterio; hay que abstenerse de desear la mujer del prójimo. Para cumplir el mandamiento de Cristo hay que amar a la propia esposa de manera exclusiva, fiel e indisoluble.

La naturaleza humana no puede cumplir el mandamiento de Cristo con sus propias fuerzas. El cumplimiento de ese mandamiento es un don de Dios. Estamos hablando de la virtud sobrenatural de la caridad. La justicia que nos salva es una gracia de Dios y no una deuda que Él tenga con nosotros. Esto lo sabe bien San Pablo: «El hombre no se justifica por las obras de la ley… por las obras de la ley nadie será justificado». Y agrega: «No tengo por inútil la gracia de Dios, pues, si por la ley se obtuviera la justificación, entonces Cristo habría muerto en vano» (Gal 2,16.21). La justicia que nos salva la recibimos nosotros como pura gracia obtenida por la muerte de Cristo: «La justicia de Dios se ha manifestado por la fe en Jesucristo y todos los que creen son justificados por el don de su gracia (de Dios) en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús» (Rom 3,22.24). Esta es la justicia que supera a la de escribas y fariseos. Esta justicia, como hemos dicho, se manifiesta en el mandamiento del amor al prójimo; y no un amor pequeño, sino un amor en la medida de Cristo, que entregó la vida por nosotros.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles

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Domingo 26 de Enero del 2014 

Mt 4,12-23
Conviértanse

Cuando llegó el momento de comenzar su ministerio público, Jesús acudió al bautismo de Juan en el Jordán, como leíamos en el Evangelio de los dos domingos pasados. Lo que era de esperar, después de haber sido señalado por Juan como aquel que bautiza con el Espíritu Santo, es que Jesús comenzara su predicación en Jerusalén, que era el centro religioso indiscutido de Israel. El Evangelio de este Domingo III del tiempo ordinario nos explica por qué Jesús comenzó su ministerio en Galilea, que en cambio, era una región periférica respecto de Jerusalén y de Judea.

«Habiendo oído que Juan había sido entregado, Jesús se retiró a Galilea y… vino a residir en Cafarnaúm, junto al mar en los límites de Zabulón y Neftalí». Juan fue encarcelado por Herodes Antipas, porque le reprochaba abiertamente: «No te es lícito tener la mujer de tu hermano» (Mc 6,18). Respecto de este punto, Juan se mantenía dentro de los límites de la ley de Moisés. Pero Jesús era mucho más radical: «El que repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio» (Mc 10,11). ¡Cuánto más si esa otra es la mujer del hermano! Jesús no podía arriesgar correr en ese momento la misma suerte que Juan, porque aún no había anunciado al mundo su Palabra ni revelado su misterio y no había fundado su Iglesia. Ya llegaría su hora.

San Mateo interpreta esta circunstancia como el cumplimiento de un designio de Dios que había sido anunciado: «Para que se cumpliera el oráculo del profeta Isaías: “¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí…, Galilea de los gentiles! El pueblo que habitaba en tiniebla ha visto una gran luz y para los que habitaban en región y sombra de muerte una luz se ha alzado». Desde el punto de vista de Jerusalén y de los habitantes de Judea en general, Galilea era una región despreciada; era conocida como «Galilea de los gentiles», porque su población era una mezcla de judíos y gentiles (paganos). Por eso se le llama también «región y sombra de muerte». Vemos, entonces, que Jesús comenzó su ministerio y transcurrió la mayor parte de su vida pública evangelizando a los despreciados, a los que están en la periferia. Lo destaca San Pablo, como el modo habitual de proceder de Dios: «Dios ha escogido lo despreciable del mundo, lo que no es nada, para reducir a la nada lo que es» (1Cor 1,28).

El evangelista ve en ese comienzo del ministerio de Jesús el cumplimiento del oráculo de Isaías, no sólo porque Galilea era tierra de gentiles, sino también porque el apelativo de «una luz… una gran luz» no puede corresponder a otro más que a Jesús. La luz hace ver la realidad, la luz permite caminar en la verdad. Corresponde a Jesús, porque él revela la verdad respecto de la creación, del hombre y de Dios. Por esta razón, él mismo se apropia de esta metáfora: «Yo soy la Luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas» (Jn 8,12). Esa luz comenzó a brillar en la oscura región de Galilea.

El mensaje de Jesús que veremos desplegarse domingo a domingo se resume en estas palabras programáticas: «Conviertanse, porque el Reino de los cielos está cerca». La conversión es una noción bíblica que expresa un cambio de dirección en la vida: la vida, que estaba de espaldas a Dios, ahora se vuelve hacia Dios. Ese cambio se expresa con el verbo hebreo «shub». El fundamento que Jesús indica para este cambio es que «el Reino de los cielos está cerca». En el resto del Evangelio Jesús usará todo tipo de recursos para explicar la noción de «Reino de los cielos o Reino de Dios». El hecho de que el Reino de los cielos se esté acercando exige la conversión. Podemos adelantar que lo que más se acerca a la noción de «Reino de los cielos» es Dios mismo viniendo al mundo. El concepto de Reino de los cielos corresponde, entonces, a la Persona de Jesucristo. Si Dios está viniendo en dirección al ser humano, la conversión consiste en que el ser humano se dirija hacia Dios, que vaya a su encuentro.

La conversión es lo que hicieron los primeros cuatro discípulos cuando Jesús los llamó. Pedro y su hermano Andrés, «dejando las redes, lo siguieron»; los hijos de Zebedeo, «al instante, dejando la barca y su padre lo siguieron». Siguiendo a Jesús ellos dieron a sus vidas la orientación hacia Dios.

En todos los tiempos, y también hoy, Jesús llama a todos a convertirse, es decir, a seguirlo a él. Pero muchos prefieren seguir las riquezas, el placer, el poder, la fama. A ellos Jesús dirige de nuevo hoy su llamado apremiante: «Conviértanse».

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles

Domingo 05 de Enero del 2014 

Mt 2,1-12
La Luz verdadera que ilumina a todo hombre

El Evangelio que se proclama en la solemnidad de la Epifanía del Señor es el mismo en los tres ciclos de lecturas. Se trata de la manifestación del Hijo de Dios hecho hombre –esto quiere decir la palabra «epifanía»–, por medio de una estrella, a personas lejanas que no son del pueblo de Israel. El misterio de la Epifanía nos involucra a todos. Es la afirmación solemne de la universalidad de la salvación. El Hijo de Dios vino como Salvador de todo el género humano. Así lo afirma también el Prólogo del IV Evangelio refiriendose a la Palabra de Dios hecha carne: «Estaba viniendo el mundo la luz verdadera que ilumina a todo hombre» (Jn 1,9). 

«Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarlo”». El Evangelio llama a Herodes «rey» y en la lectura de hoy lo repite tres veces. Herodes había recibido de Roma, que entonces dominaba en Israel, el título de «Rey de los judíos». Pero los magos que vienen de Oriente no lo buscan a él, sino a otro «Rey de los judíos que ha nacido». Y no tienen ninguna actitud de adoración ante Herodes; vienen a «adorar» a ese otro. ¿Por qué no van a adorar al César, que era el gobernante más poderoso de ese tiempo, o a otro rey más grande que el «Rey de los judíos»? Porque la estrella les ha revelado que ese Niño que ha nacido es el único en el mundo digno de adoración. Y es lo que hacen cuando lo encuentran: «Entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrandose, lo adoraron». Los regalos que le traen definen la identidad del que buscaban: oro, porque es rey; incienso, porque es Dios; mirra, porque es hombre mortal.

¿Cómo llegaron los magos hasta ese Niño, que nació tan oculto e inadvertido? Fue necesaria la conjunción entre el mensaje de la estrella, que los llevó hasta Jerusalén, y la Palabra de la Escritura, que los llevó hasta el Niño. Cuando Herodes escuchó a los magos comprendió que buscaban al Cristo, porque, según las Escrituras, él era el Rey prometido por Dios a Israel. Por eso consulta a los sumos sacerdotes y escribas del pueblo «sobre el lugar en que había de nacer el Cristo». La respuesta la ofrece la misma Escritura: «En Belén de Judea, porque así está escrito».

El camino recorrido por esos magos es el mismo que debemos recorrer todos para encontrar a Dios. Ese camino es una conjunción entre la Palabra pronunciada por la creación y la Palabra revelada en la Escritura. Toda la creación proclama: «Dios nos hizo; Él es el único que puede crearnos». Lo dice el Salmo: «El cielo habla de la gloria de Dios; el firmamento dice ser obra de sus manos» (Sal 19,1-2). Pero este mensaje es todavía muy general, como era para los magos la estrella. La Escritura nos revela que ese Dios se hizo hombre y que no podemos encontrarlo sino en Jesucristo: «Sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado inteligencia para que conozcamos al Verdadero. Nosotros estamos en el Verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el Dios verdadero y la Vida eterna» (1Jn 5,20).

«Estaba viniendo al mundo la luz verdadera que ilumina a todo hombre». El Evangelio de hoy nos muestra tres actitudes que puede tener el ser humano ante esa Luz. La actitud de Herodes que quiere sofocarla, pero no lo logra: «La luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la sofocaron» (Jn 1,5). La actitud de los sumos sacerdotes y escribas, que habiendo oído a los magos, no tienen ningún interés en buscar «al Rey de los judíos que ha nacido». Ellos conocen la Escritura y saben citarla correctamente, pero no reciben su mensaje. Esto es lo que les reprocha Jesús: «Ustedes investigan las Escrituras, ya que creen tener en ellas vida eterna; ellas son las que dan testimonio de mí; y ustedes no quieren venir a mí para tener vida» (Jn 5,39-40). Por último, la actitud de los magos, que es la correcta, la que todos tenemos que tratar de imitar: leyendo atentamente el mensaje inscrito en la naturaleza de todo lo creado y escuchando la Palabra comunicada en la Escritura, buscan a Dios; y lo encuentran en ese Niño a quien adoran. Después, regresan a su país llenos del gozo de haber encontrado la salvación.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles

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(8 de Diciembre, 2013)

Segundo Domingo de Advento

INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA

“Él os bautizará con el Espíritu Santo” (Evangelio, San Mateo 3,1-12).

La nueva lógica de la fe está centrada en Cristo. La fe en Cristo nos salva porque en él la vida se abre radicalmente a un Amor que nos precede y nos transforma desde dentro, que obra en nosotros y con nosotros… Cristo ha bajado a la tierra y ha resucitado de entre los muertos; con su encarnación y resurrección, el Hijo de Dios ha abrazado todo el camino del hombre y habita en nuestros corazones mediante el Espíritu santo. La fe sabe que Dios se ha hecho muy cercano a nosotros, que Cristo se nos ha dado como un gran don que nos transforma interiormente, que habita en nosotros, y así nos da la luz que ilumina el origen y el final de la vida, el arco completo del camino humano. 

Así podemos entender la novedad que aporta la fe. El creyente es transformado por el Amor, al que se abre por la fe, y al abrirse a este Amor que se le ofrece, su existencia se dilata más allá de sí mismo. Por eso, san Pablo puede afirmar: “No soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí” (Ga 2,20), y exhortar: “Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones” (Ef 3,17). En la fe, el “yo” del creyente se ensancha para ser habitado por Otro, para vivir en Otro, y así su vida se hace más grande en el Amor. En esto consiste la acción propia del Espíritu Santo. El cristiano puede tener los ojos de Jesús, sus sentimientos, su condición filial, porque se le hace partícipe de su Amor, que es el Espíritu. Y en este Amor se recibe en cierto modo la visión propia de Jesús. Sin esta conformación en el Amor, sin la presencia del Espíritu que lo infunde en nuestros corazones (cf. Rm 5,5), es imposible confesar a Jesús como Señor (cf. 1 Co 12,3).

SOLEMNIDAD DE CRISTO REY (24 de Noviembre, 2013)

Evangelio, Lc 23,35-43.  Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a tu Reino

El ángel Gabriel anunció a María que ella concebiría «en el seno», es decir, sin intervención de varón, y daría a luz un hijo a quien describe, expresando la expectativa de Israel, en estos términos: «El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin» (Lc 1,32-33). David fue elegido por Dios entre sus hermanos y fue ungido como rey de las doce tribus de Israel, originadas por los doce hijos de Jacob. Después de David, ya con su hijo Salomón, comenzó a fraguarse la división entre las tribus, que se consumó en la sucesión de Salomón. Desde entonces, la casa de Jacob estuvo dividida en el Reino del Norte y el Reino del Sur. Esta situación regía en el tiempo de Jesús, pero se esperaba a un hijo de David, ungido por Dios, como él –un «Cristo» de Dios­, que volvería a reinar sobre toda la casa de Jacob.

Durante su vida pública, por medio de su palabra y sus acciones, Jesús reveló su identidad como ese Cristo de Dios y Elegido. El punto culminante de esa obra de revelación la expresa Pedro, en representación de todos los apóstoles, cuando lo reconoce diciendo: «Tú eres el Cristo de Dios» (Lc 9,20). Equivale a decir: Tú eres ese Rey cuyo Reino no tendrá fin.

Correspondía, entonces, que en la liturgia, que celebra el misterio cristiano en todos sus aspectos, hubiera una fiesta que celebrara a Jesús como Rey. La solemnidad de Cristo Rey la introdujo en el calendario litúrgico el Papa Pio XI en el año 1925. Después del Concilio Vaticano II, se consideró que esa solemnidad debía ubicarse en el Domingo XXXIV del tiempo ordinario como coronación de todo el año litúrgico. Este año adquiere especial relieve, porque en toda la Iglesia universal, se celebra la conclusión del Año de la fe confesando a Cristo como Rey del Universo.

En la idea que se tenía del Cristo en el tiempo de Jesús nada podía ser más contrario que el suplicio de la crucifixión, que reservaban los romanos a los criminales más abyectos. El Evangelio de este domingo nos presenta a Jesús crucificado entre dos malhechores. Era comprensible que los magistrados de Israel, ante esa escena, pidieran una prueba de su condición de Cristo. Reconocen, sin embargo, que Jesús ha hecho cosas admirables y que en él han operado los signos dados por los profetas: «Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados» (Lc 7,22). Por eso, dicen: «A otros salvó; que se salve a sí mismo, si él es el Cristo de Dios, el Elegido». Lo mismo decían los soldados y también uno de los malhechores: «¿No eres tú el Cristo? Pues, ¡sálvate a ti y a nosotros!». En todos los siglos del cristianismo la Iglesia se ha visto perseguida, silenciada, acorralada; ha habido sistemas políticos, como el comunismo y el nazismo, que se propusieron eliminarla para siempre. Pero nunca estuvo la Iglesia más postrada y más reducida que cuando Jesús estaba en la cruz. Y es precisamente en ese momento cuando Jesús retoma su autoridad plena y se revela como Rey. Y quien merece esa revelación es un criminal, que está compartiendo con él el mismo suplicio de la cruz.

Ese malhechor tiene dos actitudes que conmueven a Jesús y lo hacen intervenir. La primera es que él reconoce sus crímenes y acepta la pena que sufre como merecida, en contraste con Jesús a quien declara injustamente condenado. Reprende a su compañero: «¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros, con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho». Él quiere reparar aceptando el castigo. La segunda de las actitudes, más admirable aun, es que él cree que Jesús es Rey y confía en que puede concederle lo que le pide: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a tu Reino». Él esperaba que Jesús le concediera esto en un futuro más o menos lejano, en que el paso del tiempo podría hacer olvidar: «Acuerdate». Pero el Señor nos concede siempre mucho más de lo que nos atrevemos a pedir. Jesús retoma su plena autoridad de Rey y Señor y responde: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso».

En el momento en que la Iglesia está más deprimida en la historia, cuando ya parecía que todo acababa allí, surge un acto de fe admirable y Jesús revela que él es Rey por la fuerza de su amor, es Rey precisamente porque no baja de la cruz, sino que muere en ella como acto supremo de amor, es decir, como acto enteramente voluntario. Lo hace para que nosotros podamos vivir. Nosotros nos unimos hoy a los que cantan en el cielo y en la tierra: «Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza» (Apoc 5,12).

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles

Lectio Divina: http://www.celam.org/cebipal/index.php?name=lectioDivina

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Comentario del Evangelio. Año C. Domingo XXXIII TC.

17 de Noviembre – 2013

Evangelio, Lc 21,5-19.

El Evangelio durante la semana ha sido una reflexión sobre la venida del Reino y cómo Jesús trata de explicar a sus oyentes esta inminente realidad, y que nuestra actitud es una constante preparación porque no sabemos el día, ni la hora, ni cómo será.

Hoy el mensaje de Jesús deja claro que debemos estar atentos y no seguir falsas voces que desean indicar que el momento está cerca. Es la sabiduría, aquella que también durante la semana nos fue revelada en la primera lectura, que nos permitirá discernir aquello que es verdadero de lo falso, y es esa misma sabiduría que nos hará fuertes en momentos de adversidad y nos ayudará a expresar las palabras justas en los momentos ciertos, delante de nuestros adversarios que intentan entregarnos y que abogará en nuestra propia defensa.

La venida del Reino se prepara aquí y ahora, en primer lugar con nuestra conversión y la actitud interior de querer seguir los caminos y mandamientos del Señor. El Papa Francisco en esta semana en una de sus homilías hacía la siguiente reflexión: que el pecador arrependido es aquel que Dios ama y perdona. Pero aquellos que viven una doble vida y que no se arrepienten esos no alcanzarán el perdón. El arrepentimiento, es la primera disposición para amar verdaderamente a Dios y para amar verdaderamente a nuestro prójimo.

En segundo lugar, dicho anteriormente, deviene el amor, que mismo sea imperfecto entre los hombres, en el perdón y la reconciliación encuentra siempre perfección delante de Dios y paz entre aquellos que hemos ofendido o no hemos amado que deberíamos.

En tercer lugar, atención por los más pobres, aquellos preferidos de Jesús. Los últimos, los postergados, los despreciados, aquellos que nadie se importa… esos entrarán primero en el Reino. Aquellos que hemos sido favorecidos con diversos dones y hemos conocido la Revelación a través de la Palabra, no es sinónimo de primer lugar en esta Grande Fiesta de la Vida, sino que nos queda camino por recorrer, y la senda justa es aquella de hacer justicia a aquellos que menos tienen y sufren esperando una esperanza para sus vidas en este mundo.

El Reino de Dios está dentro de nosotros, y que en la medida que convertimos nuestro corazón y amamos a nuestros hermanos más débiles, este Reino se hace vida y verdad, siendo la antesala para la Segunda venida de Jesús Cristo.

P. Ricardo Cáceres Lamas (Mozambique).

 

Comentario del Evangelio. Año C. Domingo XXXII TC.

10, Noviembre – 2013

Lc 20,27-38. “Son hijos de Dios”.

«Creo en le resurrección de la carne». Este es un artículo de nuestra fe cristiana. Creemos que los muertos, cuya alma es inmortal, volverán a la vida y serán nuevamente personas de carne y huesos, aunque no sometidas a las condiciones actuales, particularmente a la muerte y a todos los males relacionados con la muerte: «No pueden ya morir». Su vida será eterna. Esto lo creían ya en el tiempo de Jesús los judíos del círculo de los fariseos. Lo creía, por ejemplo, Marta, la hermana de María, que acerca de su hermano Lázaro, muerto, declara: «Sé que resucitará en la resurrección, en el último día» (Jn 11,24). Como leemos en el libro II Macabeos, confiesa ya esta fe uno de los siete hermanos, que encara al rey Antíoco que lo obligaba a apostatar diciendo: «A nosotros, que morimos por sus leyes, el Rey del mundo nos resucitará a una vida eterna» (2Mac 7,9).

En el tiempo de Jesús, los saduceos, en cambio, no creían en la resurrección de los muertos. Ellos no consideraban Palabra de Dios más que el Pentateuco, que se creía escrito por Moisés, y en esos primeros cinco libros de la Biblia no encontraban la resurrección de los muertos. El Evangelio de este Domingo XXXII del tiempo ordinario nos presenta la objeción contra la resurrección de los muertos que ponen a Jesús los saduceos. Jesús baja al terreno de ellos y argumenta basandose en la autoridad del mismo Moisés: «Que los muertos resucitan lo ha indicado también Moisés en lo de la zarza, cuando llama al Señor: “El Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob”. No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos viven». Para entender el argumento de Jesús hay que tener en cuenta que en el tiempo de Moisés los tres patriarcas habían muerto hacía más de 400 años; pero «viven para Dios».

La resurrección de la carne es el punto central del episodio. Pero, reafirmado este punto, es necesario responder a la objeción presentada: Después de resucitar, ¿cómo será la relación entre los que han sido marido y mujer en esta vida? ¿De quién será esposa la mujer que en esta vida ha estado casada sucesivamente con dos o más hombres?

Jesús responde teniendo en cuenta las características del amor conyugal y afirmando que este tipo de amor no existirá entre los resucitados: «Ni ellos tomarán mujer ni ellas marido». El amor conyugal es el amor entre un hombre y una mujer que tiene las notas de exclusividad, fidelidad, indisolubilidad y fecundidad. Dios creó al ser humano hombre y mujer y estableció que los seres humanos vinieran a la existencia por generación, es decir, por la unión entre un hombre y una mujer. A ellos les dio el mandato: «Sean fecundos, multipliquense y llenen la tierra» (Gen 1,28). El amor conyugal existe para que este mandato pueda ser cumplido. Y ese amor es tan fuerte que supera al amor filial: «Dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y se harán los dos una sola carne» (Gen 2,24; Mt 19,5). Contando todos los seres humanos que han existido en el curso de la historia tal vez ya la tierra se habría llenado suficientemente. Pero, dado que los seres humanos mueren, la generación debe continuar.

Jesús declara que los que han resucitado «no pueden ya morir, porque son como ángeles». No será, entonces, necesario reproducirse. Por tanto, no será ya necesario el amor conyugal. (De paso, comprendemos que en la mente de Jesús el amor conyugal tiene como finalidad la reproducción y que el acto conyugal debe ser abierto a la vida). ¿Qué tipo de relación existirá entonces entre los que han sido marido y mujer? En la resurrección ellos se amarán con un amor mucho más fuerte y estable que el amor conyugal; se amarán con el amor sobrenatural, el amor de Dios, el Amor que es Dios: «Siendo hijos de la resurrección, son hijos de Dios». Evidentemente, aquí la expresión hebrea «hijo de» tiene el significado de «ser parte de». Los resucitados serán hijos de Dios, porque compartirán con Dios su naturaleza divina, compartirán con Él el amor divino. Y este amor no tiene la nota de exclusividad; al contrario, es inclusivo, abraza a todos los hombres y mujeres. Por eso la mujer que ha tenido más de un marido en este tierra –en el caso exagerado presentado por los saduceos la mujer había tenido siete maridos– los amará a todos con el mismo amor divino.

Notemos que, en la mente de Jesús, el amor conyugal, dada su nota de apertura a la vida, no puede ser sino entre un hombre y una mujer. Y este amor debe ser exclusivo, porque es necesario que el hijo que es generado tenga padre y madre ciertos. No cabe en la mente de Jesús que el amor conyugal pueda darse entre personas del mismo sexo.

† Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de Los Ángeles – Chile

 

Comentario del Evangelio. Año C. Domingo XXX TC.

27, Octubre-2013

COMENTARIO PORTUGUES

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O mandato supremo não é negativo, mas positivo. Indica que fazer o bem é muito mais importante que evitar o mal. 1o) Esse bem que desejamos realizar se traduz no amor que estamos obrigados a dar. 2o) Que se nossa vontade total (mente, alma e forças) está dirigida, todo o pensamento, todo o ser e toda nossa força estarão implicados e facilmente o mal será evitado. 3o) Que o amor não deve ser unicamente o fim como mandato mas o motivo e a razão de toda conduta. Exclusivo e total em nossa vida, qualquer deficiência ou insuficiência devem ser consideradas como pecado; ao grande mandamento corresponde logicamente o grande pecado. Em Deus, o amor é misericórdia devido à pequenez e debilidade do homem. No próximo e para o próximo o amor é benevolência e bondade, além de equidade e justiça. O budismo se fecha em si mesmo. Judaísmo e Islã se fecham na comunidade, e debatem o mal com o mal. Só o cristianismo rejeita o mal, mas acolhe o pecador como próximo e assim transforma a regra da caridade em norma universal.

PISTAS: 1) Jesus não responde unicamente à pergunta de qual é o mandato mais importante, mas dá uma visão total da vida, como estando sujeita a um dever fundamental: nascemos, vivemos e realmente crescemos para amar. Todo outro caminho está equivocado. E esse amor tem como objeto o outro. O Outro que é Deus e o outro que é o homem com quem convivemos. Se nessa relação com o outro existisse uma outra razão fora do amor, podemos afirmar que essa relação seja dinheiro, poder, sexo, ou prazer, estaria errada e seria a base do pecado.

2) A Deus o amamos mais do que a nós mesmos: com tudo que é nosso, sem medida, que é a verdadeira medida do amor a Deus. Ao próximo como a nós mesmos. Estas são as únicas diferenças entre um e outro amor. O primeiro é total e absoluto. O segundo é relativo, mas não oposto ao maior amor com o qual amamos: aquele com o qual amamos e estimamos nossa própria vida, saúde e bem-estar.

3) Nesse amor encontramos a medida exata de nossa autêntica realidade. Qualquer outra regra de conduta é falsa e não oferece a razão verdadeira ou causa formal de nossa existência. Nascemos para amar porque somos, por causa de Deus e de nossos pais, produtos do amor.

4) Todos os dias, e, especialmente nos momentos de reflexão, devemos pensar: como podemos amar melhor as pessoas com as quais convivemos. Amar é uma entrega de pequenos sacrifícios e de insignificantes renúncias. Porém somadas, constituem o grande holocausto em que se consome uma existência que produz a grande convivência de confiança, paz, liberdade e felicidade de todos.

COMENTARIO ITALIANO

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La parola del Signore che ci invitava, domenica scorsa, a perseverare nella preghiera – Dio ascolterà coloro che perseverano nella loro preghiera – risuona ancora alle nostre orecchie mentre il testo evangelico di oggi completa l’insegnamento sulla preghiera: bisogna certamente pregare, e pregare con insistenza. Ma questo non basta, bisogna pregare sempre di più. E il primo ornamento della preghiera è la qualità dell’umiltà: essere convinti della propria povertà, della propria imperfezione e indegnità. Dio, come ci ricorda la lettura del Siracide, ascolta la preghiera del povero, soprattutto del povero di spirito, cioè di colui che sa e si dichiara senza qualità, come il pubblicano della parabola. La preghiera del pubblicano, che Gesù approva, non parte dai suoi meriti, né dalla sua perfezione (di cui nega l’esistenza), ma dalla giustizia salvatrice di Dio, che, nel suo amore, può compensare la mancanza di meriti personali: ed è questa giustizia divina che ottiene al pubblicano, senza meriti all’attivo, di rientrare a casa “diventato giusto”, “giustificato”.

I giusti agli occhi di Dio

Dal Vangelo di oggi emerge una caratteristica degli uomini di tutti i tempi e di ogni categoria: il grave difetto di credersi ?migliori’ e, quindi, ?giudicare negativamente gli altri’.
“In quel tempo Gesù disse ancora questa parabola per alcuni che avevano l’intima presunzione di essere giusti e disprezzavano gli altri: Due uomini salirono al tempio a pregare: uno era fariseo, l’altro pubblicano. Il fariseo, stando in piedi, pregava così tra sé: ?O Dio, ti ringrazio perché non sono come gli altri uomini, ladri, ingiusti, adulteri e neppure come questo pubblicano. Digiuno due volte alla settimana e pago le decime di tutto quello che possiedo’. Il pubblicano invece, fermatosi a distanza, non osava nemmeno alzare gli occhi al cielo, ma si batteva il petto dicendo: ?O Dio, abbi pietà di me peccatore’. Io vi dico: questi, a differenza dell’altro, tornò a casa sua giustificato, perché chiunque si esalta, sarà umiliato, chi invece si umilia sarà esaltato”. (Lc. 18, 9-14).

Ci vuole una bella ?faccia tosta’ a mettersi ben in vista, ai primi posti nel tempio e tra gli uomini, proclamando la propria giustizia, proprio a Dio, IL GIUSTO, che conosce fino in fondo chi siamo e di quante ombre, oltre che luci, siamo ripieni. Solo davanti agli uomini, che si nutrono tante volte di inganni, pur di affermarsi ed apparire quello che di fatto non sono, possiamo recitare la ?commedia delle bugie’! Quanta gente abbiamo conosciuto che amava i primi posti nella stima nostra e poi, con tristezza, si è scoperto che erano ben altra cosa. Il Vangelo ci invita ad essere umili.

Papa Francesco, in un’omelia alla Casa S. Marta, proprio riferendosi a questo Vangelo, e stigmatizzando l’ipocrisia ha detto: “L’esempio da guardare è quello indicato dal Vangelo: il pubblicano che con umile semplicità prega dicendo: «Abbi pietà di me, Signore, che sono un peccatore». Questa è la preghiera che dobbiamo fare tutti i giorni, nella consapevolezza che siamo peccatori. Dei peccatori che, però, sanno a chi guardare per trovare una redenzione. Tutti noi abbiamo pure la grazia, la grazia che viene da Gesù Cristo: la grazia della gioia; la grazia della magnanimità, della larghezza”.

Così affermava Paolo VI: “Un cristiano superbo è una contraddizione nei suoi stessi termini. Se vogliamo rinnovare la vita cristiana non possiamo tacere la lezione e la pratica dell’umiltà. Come risolvere innanzitutto il contrasto fra la vocazione alla grandezza e il precetto dell’umiltà? Noi abbiamo ogni giorno sulle labbra il ?Magnificat’, l’inno sublime della Madonna, la quale proclama davanti a Dio, e a quanti ne ascoltano la dolcissima voce, la sua umiltà di serva, e nello stesso tempo celebra le grandezze operate da Dio in lei e profetizza l’esaltazione che di lei faranno tutte le generazioni… Il confronto con gli altri ci fa spesso pietosi verso noi stessi e orgogliosi verso il prossimo: ricordiamo la parabola del fariseo e del pubblicano, quando il primo dice di se stesso: ?io non sono come gli altri’, mentre il pubblicano ?non osava neppure alzare gli occhi al cielo e si batteva il petto”. (Omelia, 9 febbraio 1967). A essere sinceri, infatti, cosa abbiamo di ?nostro’? La vita? È un dono. La felicità o i carismi? Sempre doni di Dio. La salute e la bellezza del corpo? Doni di Dio!Se da una parte Dio chiede che i Suoi doni vengano bene amministrati, dall’altra la giustizia vuole che si dia gloria a Chi ci ha fatto tali doni: non appropriarsene, che è superbia!

Dovremmo, in altre parole, essere capaci di imitare la Madonna che, mentre celebra le grandi opere che Dio ha compiuto in Lei, dall’altra si riconosce ?serva del Signore’.Ma quanto è facile ?appropriarsi’ dei doni di Dio, come fossero ?cosa nostra’! Da qui la superbia, in cui satana è maestro, suggeritore. “Cosa abbiamo noi – mi diceva il mio padre spirituale, un vero uomo di Dio – se non le nostre debolezze, la nostra miseria, il nostro nulla? Tutto è di Dio: di nostro il peccato”.

Oggi, dice il Siracide: “Il Signore è giudice e non vi è presso lui preferenza di persone. Non è parziale con nessuno contro il povero, anzi ascolta proprio la preghiera dell’oppresso. Non trascura la supplica dell’orfano, né della vedova, quando si sfoga nel lamento. Chi venera Dio sarà accolto con benevolenza e la sua preghiera giungerà fino alle nubi. Finché non sia arrivata non si contenta, non desiste finché l’Altissimo non sia intervenuto, rendendo soddisfazione ai giusti e ristabilendo l’equità”. (Sir. 35, 15-22)

Mi torna sempre alla mente la testimonianza del mio Padre spirituale, il grande don Clemente Rebora, famoso poeta del ?900, che poteva certamente ?raccontare’ quello che aveva vissuto. Stando insieme nei periodi di vacanza alla Sacra di S. Michele, facendo lunghe camminate con lui, io tentavo di fare sfoggio di ciò che avevo letto, soprattutto sui romanzi russi.Lui ascoltava e taceva. Avevo addirittura l’impressione che non li avesse mai letti. Non sapevo che, tra i tanti suoi ?titoli’, da tutti riconosciuto, vi era quello di raffinato e grande conoscitore della letteratura russa! Ma aveva deciso, dopo la sua conversione, di ?oscurare tutto il passato’, come non fosse esistito. L’unica cosa che bramava era ?guadagnare con una vita ascetica e santa il tempo che aveva perso nel mondo’ – così amava dire. Quando seppi chi veramente era stato, mi vergognai della mia stupida voglia di recitare la parte del fariseo.

Forse tanti dei miei amici, che mi seguono, in questa grazia di farsi come ?plasmare dalla Parola di Dio’, conoscono o hanno sentito parlare del mio Fondatore, Antonio Rosmini: un vero gigante della filosofia e della teologia, ma più ancora della santità. Nel suo libretto ?Massime di perfezione’, – da molti conosciuto e che sono le regole della santità -nella quinta massima, intitolata: ?Riconoscere intimamente il proprio nulla’, così afferma: “Il Cristiano deve meditare ed imitare continuamente la profondissima umiltà della Vergine Maria. Nelle divine Scritture la vediamo sempre in quiete, in pace, in continuo riposo interiore.

Di sua scelta la troviamo sempre in una vita umile, ritirata e silenziosa, dalla quale non venne tolta se non dalla voce stessa di Dio o dai sentimenti di carità verso la sua parente Elisabetta.
A giudizio umano, chi potrebbe credere che della più perfetta delle creature umane ci fosse raccontato così poco nelle divine Scritture? Nessuna opera da Lei intrapresa; una vita che il mondo cieco direbbe di continua inazione, e che Dio dimostrò di essere la più sublime, la più virtuosa, la più generosa di tutte le vite. Per essa, quest’umile e sconosciuta giovinetta fu innalzata dall’Onnipotente alla più alta dignità, a un seggio di gloria più elevato di quello dato a qualunque altro, non solo tra gli uomini, ma anche tra gli angeli” (V Massima n. 7). Parole che vengono dal cuore di un uomo, Rosmini, che nella vita conobbe, per un tempo, l’amicizia e la stima incondizionata dei Papi e, improvvisamente, per ?presunti errori teologici’, – ormai sconfessati dalla Congregazione della Dottrina della fede, di cui era Prefetto proprio il nostro emerito e amato Pontefice, Benedetto XVI – fu come esiliato, emarginato, considerato quasi pericoloso per la teologia.

Nel silenzio assoluto impostogli, da lui accolto come volontà di Dio e a sua volta imposto alla Congregazione, a chi gli chiedeva come si sentisse, rispondeva: ?Adorare, tacere, godere’. Aveva la certezza che ?se il grano caduto in terra non muore, non porta frutto’. Ora la Chiesa ha riconosciuto le sue virtù eroiche, proclamandolo beato. L’umiltà porta sempre frutto. Madre Teresa di Calcutta, altra grande santa del nostro tempo, amava dire: “Anche se commetti qualche errore, approfittiamo di questo per avvicinarci a Dio”. DiciamoGli con umiltà: ?Non sono stata capace di essere migliore. Ti offro i miei fallimenti’. E’ lo stesso invito di Papa Francesco:

“Gesù è venuto per noi, quando noi riconosciamo che siamo peccatori. Ma se noi siamo come quel fariseo, davanti all’altare: Ti ringrazio Signore, perché non sono come tutti gli altri uomini,… non conosciamo il cuore del Signore, e non avremo mai la gioia di sentire questa misericordia. Non è facile affidarsi alla misericordia di Dio, perché è un abisso incomprensibile. Ma dobbiamo farlo!…

Il Signore mai si stanca di perdonare: mai! Siamo noi che ci stanchiamo di chiedergli perdono.
E chiediamo la grazia di non stancarci di chiedere perdono, perché Lui mai si stanca di perdonare. Chiediamo questa grazia!”

P. Antonio Riboldi

COMENTARIO ITALIANO

El hombre es justificado por la fidelidad de Jesucristo

Seguimos en este Domingo XXX del tiempo ordinario la lectura continuada del Evangelio de Lucas. El evangelista nos presenta una segunda parábola de Jesús sobre la oración. El domingo pasado la parábola del juez injusto y la viuda importuna estaba presentada con estas palabras: «(Jesús) les decía una parábola para enseñarles que es necesario que ellos oren siempre y que no desfallezcan». La parábola que leemos este domingo está presentada así: «Dijo también esta parábola a algunos que están persuadidos de que son justos y desprecian a las demás».

Observemos que la parábola no está dirigida a los justos, sino a algunos que tienen este elevado concepto sobre sí mismos y que, por este motivo, desprecian a los demás. ¿Qué significa ser justo? En la Escritura el justo es quien puede estar confiadamente en la presencia de Dios, porque es irreprochable ante Él. Se dice de San José, el esposo de la Virgen María: «Como era justo…» (Mt 1,19), no quiso apropiarse de una paternidad que no le correspondía, nada menos que la paternidad de Jesús. Se dice de Juan Bautista: «Herodes temía a Juan, sabiendo que era hombre justo y santo» (Mc 6,20). Se dice de Zacarías e Isabel, los padres de Juan Bautista: «Los dos eran justos ante Dios, y caminaban sin tacha en todos los mandamientos y preceptos del Señor» (Lc 1,6). Se dice del anciano Simeón: «Este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo» (Lc 2,25). Sobre todo, se dice de Jesús mismo. La esposa de Pilato manda decir a su esposo durante el juicio de Jesús: «No tengas nada que ver con ese justo, porque hoy he sufrido mucho en sueños por su causa» (Mt 27,19). El centurión, al ver el modo como Jesús murió, glorificó a Dios diciendo: «Ciertamente, este hombre era justo» (Lc 23,47). Pedro predicando al pueblo después de Pentecostés dice: «Ustedes renegaron del Santo y del Justo, y pidieron que se les hiciera gracia de un asesino» (Hech 3,14). Finalmente, Jesús, orando, lo dice del mismo Dios: «Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido» (Jn 17,25). ¿Qué mortal pueden pretender agregarse a este elenco teniendose a sí mismo por justo? Jesús afirma que hay algunos que lo hacen y para ellos propone una parábola.

«Dos hombres subieron al templo a orar; uno fariseo, otro publicano». Los fariseos se distinguían por cumplir meticulosamente la ley. Lo dice San Pablo sobre sí mismo antes de su conversión: «En cuanto a la ley, fariseo» (Fil 3,5), es decir, lo máximo. Los fariseos eran las personas religiosas de ese tiempo y eran quienes estaban expuestos a la tentación de tenerse por justos. En cambio, era imposible que los publicanos tuvieran ese concepto de sí mismos; al contrario, publicano era equivalente a pecador. Tenemos la tendencia a ser benevolentes con los publicanos y a considerarlos personas sencillas y modestas. No eran así. Ellos eran la gente rica y poderosa de ese tiempo. Ellos tenían la concesión de Roma para cobrar los impuestos y tenían a su disposición la fuerza del Imperio para exigir el pago. Nada les impedía abusar, y lo hacían, como lo afirma Zaqueo, que era jefe de publicanos: «Si en algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo» (Lc 19,8). A los publicanos, que se presentan al bautismo de Juan preguntando qué tienen que hacer para sustraerse a la ira de Dios, les dice: «No exijan más de lo que les está fijado» (Lc 3,13).

El fariseo subió a orar sin ser justo ­aunque él estaba persuadido de serlo­ y salió tal como entró. Su oración no llegó a Dios, a pesar de ser un gran penitente: «Ayuno dos veces por semana»; y de dar una gran contribución al culto: «Doy el diezmo de todas mis ganancias». Estas observancias son fruto de su esfuerzo; en cambio, la justicia es un don de Dios, infinitamente superior a todo esfuerzo humano. El fariseo se considera justo independientemente de Dios. Está errado. Y por eso Jesús declara: «Bajó a su casa no justificado». Toda justicia es un don de Dios.

El publicano tienen un concepto verdadero de sí mismo: «Soy un pecador». Sabe que no merece nada: «No se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho» en señal de penitencia. Él lo espera todo de Dios: «Ten compasión de mí». Jesús pone en boca del publicano el verbo «expiar, propiciar». Se encuentra sólo aquí y en Heb 2,17: «(Jesús) tuvo que asemejarse en todo a sus hermanos… en orden a expiar los pecados del pueblo». Lo que el publicano pide no pudo obtenerse sino por la muerte de Jesús en la cruz. El publicano lo obtuvo: «Éste bajo a su casa justificado». La oración que alcanza este efecto es la oración humilde que reconoce la justicia como un don inmerecido que nos obtuvo Jesús: «El hombre no es justificado por las obras de la ley (que él haga), sino sólo por la fidelidad de Jesucristo» (Gal 2,16).

† Felipe Bacarreza Rodríguez. Obispo de Santa María de Los Ángeles

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Domingo 20 de Octubre del 2013 

Lc 18,1-8
Sin fe es imposible agradar a Dios

El espacio que debe tener la oración en la vida de un cristiano es una de las enseñanzas más constantes de Jesús, pero también una de las más desatendidas. Jesús trató de inculcar a sus discípulos con su ejemplo y con su palabra la necesidad de orar siempre.

El Evangelio nos presenta a Jesús constantemente en oración. En él la oración es algo habitual: «Se retiraba a los lugares solitarios, donde oraba» (Lc 5,16); «Jesús se fue al monte a orar y se pasó la noche en la oración de Dios» (Lc 6,12); «Jesús tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago y subió al monte a orar» (Lc 9,28).

Los principales eventos de su vida ocurren mientras Jesús está en este diálogo de amor con su Padre. Después del bautismo en el Jordán, el Evangelio de Lucas agrega: «Bautizado Jesús y puesto en oración, se abrió el cielo, y bajó sobre él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma; y vino una voz del cielo: “Tú eres mi hijo; yo te he engendrado hoy”» (Lc 3,21-22). Está también en oración cuando se transfigura: «Mientras oraba, el aspecto de su rostro se mudó, y sus vestidos eran de una blancura fulgurante» (Lc 9,29). Está en oración cuando enseña a sus discípulos el Padre Nuestro: «Estando Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: “Señor, enseñanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos”. Él les dijo: “Cuando oren, digan: Padre, santificado sea tu Nombre…”» (Lc 11,1-2). Está orando largamente antes de su pasión en el huerto de los olivos: «Se apartó de ellos como un tiro de piedra, y puesto de rodillas, oraba… Y sumido en agonía, insistía más en su oración» (Lc 22,41.44).

Bastaría este ejemplo de Jesús para que nosotros, que somos discípulos suyos y que lo reconocemos como «Maestro y Señor» (cf. Jn 13,13-15), nos preocuparamos de dedicar más tiempo a la oración, que es la más elevada de las actividades a las que se puede dedicar un ser humano. Pero Jesús quiso también enseñar con su palabra la necesidad de que sus discípulos oren siempre, para que no se piense que la oración es solamente algo personal suyo. Es lo que leemos en el Evangelio de este Domingo XXIX del tiempo ordinario: «Les decía una parábola para enseñarles que es necesario que ellos oren siempre y que no desfallezcan».

Jesús presenta dos personajes: un juez, «que no temía a Dios ni respetaba a los hombres», y una viuda, que le decía: «¡Hazme justicia contra mi adversario!». Las categorías de personas más desamparadas en el Israel de ese tiempo eran la viuda y el huérfano. Por su parte, los jueces tenían poder absoluto. La viuda no tenía ningún medio para hacer valer su derecho ante el juez, excepto su insistencia. Dice el juez: «Le haré justicia para que no venga a importunarme continuamente». En este caso, presentado por Jesús, no interviene en nada la fe. De hecho, acerca del juez se repite que «no teme a Dios». No es este el punto. El punto es que la viuda logró su objetivo gracias a su perseverancia. Ella claramente no desfalleció.

Jesús concluye «a fortiori»: «Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que están clamando a él día y noche…? Les digo que les hará justicia pronto». La intención de Jesús es clara; la indica el mismo evangelista: inculcar la necesidad de orar siempre. Pero, –preguntamos con todo respeto– ¿consigue su objetivo? Para esto es necesario algo previo: es necesario tener fe, es necesario creer que la oración, que parte de mí, alcanza a su interlocutor, que es Dios. ¡Es necesario creer en Dios y, sobre todo, creer que Dios se interesa por nosotros! Visto que, no obstante esta enseñanza tan clara de Jesús –corroborada por su ejemplo personal–, en nuestra generación se ora tan poco, la única conclusión posible es que hay muy poca fe. Es la conclusión que saca el mismo Jesús: «Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?».

No tenemos un termómetro para medir el ardor de la fe que hay en nuestra sociedad. Pero el nivel de oración es un indicador preciso. Vemos que los templos pasan todo el día –dejemos de lado la noche– prácticamente vacíos, mientras que los supermercados y los estadios y otros lugares de diversión están llenos, muchas veces también de noche. Por eso, el Papa Benedicto XVI proclamó un Año de la fe y el Papa Francisco publicó la encíclica «Lumen fidei», para recordarnos que esta virtud es necesaria, pues «sin fe es imposible agradar a Dios» (Heb 11,6). Esperemos que estas iniciativas tengan el fruto esperado, que debe percibirse en un mayor nivel de oración entre los discípulos de Cristo.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles

Domingo 6 de Octubre

Lc 17,3-10. Siervos inútiles somos

En el Evangelio de este Domingo XXVII del tiempo ordinario encontramos una oración que deberíamos dirigir continuamente al Señor: «Aumentanos la fe». Estamos a poco más de un mes de la conclusión del Año de la fe y debemos preguntarnos hasta qué punto en este tiempo algo ha cambiado en nuestra relación con Dios, que se define por la fe, como afirma la Carta a los Hebreos: «Sin fe es imposible agradar a Dios» (Heb 11,6) Sería lamentable que concluyera este Año, proclamado por la Iglesia, y nada hubiera cambiado en nosotros.

La Carta a los Hebreos en el capítulo 11 repasa la vida de los patriarcas, admirando su fe: «Por ella fueron alabados nuestros mayores» (Heb 11,2). En ese capítulo repite veinte veces la fórmula: «Por la fe…», seguida de obras admirables que hicieron los padres Abel, Henoc, Noé, Abraham, Jacob, José, Moisés… Después de la larga lista agrega: «Y ¿a qué continuar? Pues me faltaría el tiempo si hubiera de hablar sobre Gedeón, Barac, Sansón, Jefté, David, Samuel y los profetas» (Heb 11,32). Todos ellos son hombres y mujeres del Antiguo Testamento y su fe se basaba en la promesa de salvación futura que Dios había hecho. Por eso, para destacar la ventaja que tenemos nosotros, que hemos conocido a Jesucristo, la Carta a los Hebreos agrega: «Y todos ellos, aunque alabados por su fe, no recibieron la promesa. Dios tenía ya dispuesto algo mejor para nosotros, de modo que no fueran ellos perfeccionados sin nosotros» (Heb 11,39-40). La idea es que si ellos fueron movidos a esas obras por su fe en una promesa, cuando más debemos ser movidos nosotros por la fe en una realidad. No podían ellos hacer lo que podemos hacer nosotros: «Tengamos los ojos fijos en Jesús, el que comienza y perfecciona la fe» (Heb 12,2).

Notemos que el evangelista Lucas pone la oración: «Aumentanos la fe» en boca de los apóstoles, los mismos que son el fundamento de nuestra fe. ¿Qué fue lo que motivó esa petición? La motivó su dificultad para creer que aquello que Jesús les mandaba era lo que había que hacer: «Si tu hermano peca contra ti siete veces al día, y siete veces se vuelve a ti, diciendo: “Me arrepiento”, lo perdonarás». Había que tener fe para asumir esa conducta, cuando la norma que ellos tenían era: «Ojo por ojo y diente por diente» (cf. Mt 5,38).

Viendo la dificultad de ellos para adherir plenamente a esa conducta, Jesús agrega: «Si ustedes tuvieran fe como un grano de mostaza, dirían a este sicómoro: “Desarraigate y plantate en el mar”, y les obedecería». Mateo, transmitiendo la misma sentencia de Jesús agrega: «Nada les sería imposible» (Mt 17,20).

Nosotros somos creaturas de Dios y todo lo hemos recibido de Él, empezando por la existencia y la vida. El don más admirable que hemos recibido de Él es la elevación a la vida eterna y a la condición de hijos suyos; somos siervos que hemos sido elevados a hijos. Jesús nos reconoce como amigos: «Ya no los llamo siervos… a ustedes los llamo amigos, porque todo lo que he oído de mi Padre, lo he dado a conocer a ustedes» (Jn 15,15). Nada hemos hecho y nada podemos hacer para merecer este don inmenso; es pura gracia. Pero ese don, ­el haber sido promovidos de siervos a hijos de Dios y amigos de Jesús­, trae consigo una conducta coherente. Por eso cuando actuamos de esa manera, Dios no tiene que agradecernos a nosotros. ¡Es un don suyo! Corresponde que nosotros agradezcamos a Él: «¿Acaso tiene que agradecer el Señor al siervo porque hizo lo que le fue mandado?». ¡De ninguna manera! Nosotros «cuando hayamos hecho todo lo que nos ha sido mandado» ­dejemos de lado cuando no lo hayamos hecho­, tenemos que decir lo que es verdad: «Siervos inútiles somos; hemos hecho lo que teníamos que hacer».

Lo que Jesús quiere enseñar es que ante Dios nosotros no tenemos ningún mérito propio que exhibir. No podemos hacer con Dios una «negociación» en la cual exijamos cosas y pongamos condiciones. Esta fue la actitud del fariseo que oraba así: «No soy como los demás hombres, que son rapaces, injustos, adúlteros… Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias» (Lc 18,11-12). Es un curriculum impresionante. Con su actitud exige que Dios le retribuya. Pero Jesús asegura: «Bajó a su casa no justificado». Ante Dios nuestra convicción debe ser siempre: «Siervos inútiles somos» y esperar todo de su bondad.

† Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de Los Ángeles

Domingo 22 de Septiembre

Vigésimo Quinto Domingo del tiempo ordinario

Lc 16,1-13. La astucia de los hijos de la luz

En el Evangelio del domingo pasado la parábola del «hijo pródigo» nos dejaba en suspenso respecto a la reacción de los dos hijos: ¿El hijo mayor depuso su indignación y se alegró con el padre por el regreso de su hermano participando en la fiesta? Y ¿el hijo menor experimentó vivo dolor por haber abandonado a su padre y haber vivido licenciosamente en un país lejano? Mayor es ciertamente el suspenso en la vida real respecto a la reacción de los que escuchaban a Jesús: ¿Los escribas y fariseos dejaron de murmurar contra Jesús y concordaron con su actitud de acercarse a los pecadores para llamarlos a conversión? Y ¿los publicanos y pecadores experimentaron dolor por su pecado y cambiaron de vida? Ambos grupos tienen que decidirse a cambiar radicalmente y deben hacerlo pronto.

Por eso, sin mayor introducción, Lucas agrega aquí la parábola del administrador infiel, que leemos este Domingo XXV del tiempo ordinario, cuyo punto central es la invitación a tomar decisiones profundas y rápidas ante la urgencia del tiempo. En efecto, a pesar de que el administrador, ante la inminencia de su destitución, actuó en forma deshonesta, granjeandose amigos con los bienes de su señor, «el señor alabó al administrador injusto porque había obrado astutamente». En el breve tiempo en que aún gozaba de la administración, se aseguró un bienestar futuro. Poco astuto habría sido ese hombre su hubiera dejado pasar el tiempo viviendo igual que antes. Entonces, el llamado a rendir cuentas habría sido el desastre total para él, como él mismo calculaba: «Cavar, no puedo; mendigar, me da vergüenza».

La parábola no sólo está dirigida a los fariseos y a los pecadores allí presentes, invitandolos a una conversión radical y pronta, sino también a todos los seres humanos. En efecto, todos escucharemos dentro de breve tiempo la orden: «Dame cuenta de tu administración». Una cosa es cierta: que será pronto. Todos escuchamos decir: «¡Qué rápido pasa el tiempo!». O: «Tal o cual cosa parece que fue ayer»; ¡y han pasado treinta o cuarenta años! Etc. Todos los bienes de que hemos dispuesto en esta vida nos han sido dados en administración, como dice San Pablo: «Nosotros no hemos traído nada al mundo y nada podemos llevarnos de él» (1Tim 6,7). Esos bienes nos han sido dados con una finalidad: procurar con ellos el bien de los demás; todo otro uso, sobre todo, disfrutar de ellos de manera egoísta, es malversación y tendremos que dar cuenta ante el Dueño de todos los bienes: «Del Señor es la tierra y cuanto la llena» (Sal 24,1).

Los bienes de este mundo han sido puestos por Dios a nuestra disposición para beneficio de todos los hombres y mujeres. Usarlos para beneficio propio es injusto. Por eso el señor aconseja: «Haganse amigos con el dinero injusto, para que, cuando llegue a faltar, los reciban en las eternas moradas». El dinero llegará a faltar inevitablemente, como dice Dios al hombre rico cuyos campos produjeron muchos bienes, quien esperando gozar de ellos muchos años, fue llamado a rendir cuentas esa misma noche: «Todo lo que has acumulado, ¿para quién será?» (Lc 12,20). Y ¿quiénes son los habitantes de esas moradas eternas que tenemos que ganarnos como amigos? Lo dice Jesús: «Dichosos los pobres, porque de ustedes es el Reino de Dios» (Lc 6,20). Ningún rico puede estar tranquilo mientras haya pobres. El dinero deja de ser injusto cuando se destina a erradicar la pobreza.

El Señor agrega: «Y si no fueron fieles con lo ajeno, ¿quién les dará lo que es de ustedes?». Ya hemos visto que lo ajeno son los bienes materiales, pues, «nada hemos traído al mundo» y saldremos de él sin nada. Pero ¿qué es lo nuestro? «Lo nuestro» es lo que nos ha sido dado para que lo poseamos más allá de nuestra salida de este mundo. «Lo nuestro» es la vida eterna. Esto es lo se nos dará, con tal que hayamos sido fieles con lo ajeno.

Por último, el Señor hace una afirmación que nos interpela: «Los hijos de este mundo son más astutos con los de su generación que los hijos de la luz». No es una mera constatación; ¡es un reproche! Pero no es universal. Hay hijos de la luz que son mucho más astutos: lo fue San Pablo, que decía: «Me he hecho todo a todos para ganar, de todas maneras, a algunos» (1Cor 9,22); lo fueron San Francisco de Asís, Santo Domingo de Guzmán, Santa Teresa de Jesús, San Francisco de Sales, el Santo Cura de Ars, San Juan Bosco, y, entre nosotros, San Alberto Hurtado. Emplearon todos sus dones para dar a conocer a Jesús, que es el Bien máximo. El Evangelio de este domingo es un llamado de Jesús a imitar esa astucia y prontitud en el breve tiempo de esta vida.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles

Domingo 15 de Septiembre 2013

Vigésimo Cuarto Domingo del tiempo ordinario

Lc 15,1-32
Ustedes sean misericordiosos

La antigua exhortación que Dios repite a su pueblo: «Ustedes sean santos, porque Yo, el Señor, el Dios de ustedes, soy santo» (Lev 19,2; 11,44.45; 20,26), la retoma Jesús y llega a nosotros en dos versiones. En el Evangelio de Mateo Jesús dice en el Sermón de la montaña: «Ustedes sean perfectos, como es perfecto el Padre celestial de ustedes» (Mt 5,48). Lucas, por su parte, coincidiendo con su propia acentuación, la transmite en esta forma: «Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso» (Lc 5,36), y la pone como conclusión del precepto evangélico del amor a los enemigos: «Ustedes amen a sus enemigos; hagan el bien, y presten sin esperar nada a cambio; y la recompensa de ustedes será grande, y serán hijos del Altísimo, porque Él es bueno con los ingratos y los malvados» (Lc 5,35).

El Evangelio de este Domingo XXIV del tiempo ordinario nos presenta tres parábolas de Lucas en las cuales acentúa la misericordia de Dios hacia los ingratos y malvados, misericordia que nosotros, los seres humanos, estamos llamados a imitar si queremos ser hijos suyos. Se trata de las parábolas de la oveja perdida, de la dracma perdida y, sobre todo, la parábola del hijo pródigo. Es importante observar el auditorio que tiene Jesús cuando expone esa enseñanza: «Todos los publicanos y los pecadores se acercaban a él para oírlo, y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: “Este acoge a los pecadores y come con ellos”». Por un lado, los pecadores que necesitan la misericordia de Dios; por otro lado, los fariseos, que rehúsan concederla. Jesús debe explicar que su conducta corresponde a la de Dios y que los hombres deben imitarlo.

Expone en primer lugar dos breves parábolas gemelas: la parábola de la oveja perdida y la parábola de la dracma perdida. La primera tiene paralelo en Mateo, pero su interés es otro. En Mateo Jesús exhorta a los pastores a no perder a ninguno: «No es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno solo de estos pequeños» (Mt 18,14). Lucas, en cambio, acentúa la alegría por el encuentro del que se ha perdido y el afecto del pastor hacia él: «Cuando la encuentra, la pone contento sobre sus hombros». Esta imagen ha impactado la iconografía. La misma alegría se transmite en la parábola de la dracma perdida: «Alegrense conmigo, porque he hallado la dracma que había perdido». Ambas parábolas concluyen asegurando que en el cielo se da la misma alegría por un solo pecador que se convierte.

A estas dos parábolas sigue la gran historia del hijo pródigo. Desde el principio el relato nos anuncia que los hijos son dos: «Un hombre tenía dos hijos». Ellos encarnan a las dos categorías de oyentes a quienes la parábola da una lección: el hijo menor encarna a los pecadores y el mayor a los fariseos. Ambos hijos están en el pecado de desconocer a su padre, ¡y tal padre!

El hijo menor, que abandonó a su padre y en un país lejano despilfarró todos sus bienes, decide regresar a la casa de su padre, porque allí se está mucho mejor. Pero teme que su padre lo reciba con reproches y lo rechace. Por eso, prepara un discurso en el cual, no pide perdón, sino que pide ser tratado como un jornalero más. No cree en el perdón del padre. Pero queda abrumado por la bondad del padre que lo restituye a su dignidad de hijo y organiza para él una gran fiesta. Después de esas muestras de bondad, ese hijo no puede sino concebir dolor por su conducta hacia el padre. Lo que Jesús quiere enseñar es que, cuando los pecadores vuelven a Dios, aunque su dolor por el pecado sea imperfecto, Dios los acoge con alegría y luego perfecciona su arrepentimiento.

El hijo mayor encarna a los que critican a Jesús por acoger a los pecadores. Ese hijo tampoco conoce al padre y cree que su trato con él es un trato tipo comercial: «Hace tantos años que te sirvo, y jamás he dejado de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos». No comprende que todo ese servicio interesado no complace al padre y que, si quiere servir verdaderamente al padre, debe alegrarse cuando el padre se alegra, en particular cuando él se alegra porque ha vuelto su hijo perdido. Por este medio Jesús nos enseña que nuestra actitud con Dios no debe ser la de un siervo con su amo, sino la de un hijo con su padre. Si Dios se alegra por la conversión de un pecador, también nosotros debemos alegrarnos con él.

La parábola es una oportuna enseñanza para estos días de nuestra patria en que se cumplen cuarenta años desde el hecho que ha marcado la división más profunda entre los chilenos. Nos enseña que todos tenemos como padre a Dios y que, si queremos imitar a nuestro Padre, debemos ser también nosotros buenos con los ingratos y malvados.

† Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de Los Ángeles

Domingo 8 de Septiembre 2013

Vigésimo Tercero Domingo del tiempo ordinario

Comentario

Lc 14,25-33

Discípulos y misioneros

El Evangelio de este Domingo XXIII del tiempo ordinario se abre con una circunstancia muy favorable, casi diríamos «triunfalista»: «Iban con él (con Jesús) multitudes». Parece que la misión de Jesús ha tenido pleno éxito y que no le cabe más que llegar a Jerusalén y comenzar a reinar como le corresponde al «hijo de David» prometido. Esa multitud lo seguía esperando recibir algún beneficio temporal. Jesús dejará claro que a él hay que seguirlo no para recibir algo, sino para darlo todo, para dar la propia vida en este mundo esperando recibir la vida eterna. 

«Volviendose (hacia los que lo seguían), dijo: Si alguien viene a mí…». «Venir a él» es lo que hacía esa multitud numerosa. Eso ya estaba dado. Pero Jesús pronuncia una triple frase condicional: «Si alguien no odia a su padre… Si alguien no toma su cruz… Si alguien no renuncia a todas sus posesiones», que concluye con la triple afirmación: «No puede ser discípulo mío». ¿Por qué lo hace en frases negativas? Porque, en buena lógica, la afirmación: «No A implica no Z», significa que A es condición necesaria para Z, pero no suficiente; se requieren otras condiciones. En efecto, hay que cumplir, además, B y C. Examinemos cada una de esas condiciones para verificar si nosotros las cumplimos todas y, entonces, Jesús pueda decir de nosotros: «Este es discípulo mío».

La primera condición que hay que cumplir es: «Odiar su propio padre, la madre, la mujer, los hijos, los hermanos y hermanas y hasta la propia vida». El texto del Evangelio dice claramente «odiar» y conviene conservar este término usado por Jesús con toda su radicalidad. Se debe aclarar, sin embargo, que «odiar», en el lenguaje bíblico, significa: «no amar, desinteresarse, considerar como inexistente, etc.». ¿Esto es lo que Jesús exige a su discípulo? Esto es lo que exige, cuando alguna de esas personas pone obstáculos a ese «venir a él», cosa que, desgraciadamente, suele ocurrir, como lo advierte Jesús: «Enemigos del hombre son los de su propia casa» (Mt 10,36). San Francisco de Asís ciertamente amaba a su padre Bernardone, pero cuando su padre quiso apartarlo del seguimiento de Cristo, delante del Obispo de Asís y del pueblo, se despojó de todo, lo devolvió a su padre y desnudo declaró: «En adelante no llamaré Padre más que a Dios». Santa Juan Francisca de Chantal amaba mucho a su hijo mayor Benigno, pero cuando él se opuso a que ella siguiera a Cristo declarando que tendría que hacerlo pasando sobre él, ella lo hizo así sin vacilar. Por otro lado, «odiar la propia vida» significa desinteresarse por la dieta balanceada, el gimnasio, las cremas y otros cuidados que ponen el propio cuerpo como primera preocupación.

La segunda condición es: «Tomar su propia cruz e ir detrás de él». Esta condición es más exigente que la anterior, si se considera que, cuando este Evangelio fue escrito, Jesús ya había muerto en la cruz. Él se había hecho «obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Fil 2,8). Tomar la propia cruz y seguir a Jesús significa, entonces, llegar a ese mismo extremo en la obediencia a Dios.

La tercera condición es: «Renunciar a todas sus posesiones». Los bienes de este mundo son tal vez el obstáculo más claro en el seguimiento de Cristo. El hombre rico tenía casi todo alcanzado: «Todo eso lo he guardado desde mi juventud». Entonces, Jesús observa que le falta esta tercera condición: «Aun te falta una cosa. Todo cuanto tienes vendelo y repartelo entre los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego, ven y sigueme». Sabemos que el hombre renunció a ser discípulo de Cristo por amor a sus riquezas. Entonces, Jesús advierte: «¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios!» (Lc 18,21-24).

Salvo raras excepciones, en el Evangelio el concepto de «discípulo» se aplica a los Doce apóstoles. Ellos cumplen todas esas condiciones. Pero Jesús les dejó a ellos la tarea de ampliar ese concepto a toda la humanidad: «Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos… hasta el fin del mundo» (Mt 28,19.20). De esta manera, enseña que el concepto de «discípulo» y el concepto de «apóstol» (misionero) son coextensivos, ambos deben darse en la misma persona. Así lo declara el lema de la Conferencia Episcopal de Aparecida: «Discípulos y misioneros para que nuestros pueblos tengan vida en Cristo». Ahora entendemos qué significa ese lema. Esperamos ansiosos la aparición de esos «discípulos».

† Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de Los Ángeles

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Domingo 1 de Septiembre 2013

Vigésimo segundo Domingo del tiempo ordinario

Evangelio según San Lucas 4,16-30.

Jesús fue a Nazaret, donde se había criado; el sábado entró como de costumbre en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura.

Le presentaron el libro del profeta Isaías y, abriéndolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:
El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. El me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor. Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él.

Entonces comenzó a decirles: “Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír”.
Todos daban testimonio a favor de él y estaban llenos de admiración por las palabras de gracia que salían de su boca. Y decían: “¿No es este el hijo de José?”.

Pero él les respondió: “Sin duda ustedes me citarán el refrán: ‘Médico, cúrate a ti mismo’. Realiza también aquí, en tu patria, todo lo que hemos oído que sucedió en Cafarnaún”.  Después agregó: “Les aseguro que ningún profeta es bien recibido en su tierra. Yo les aseguro que había muchas viudas en Israel en el tiempo de Elías, cuando durante tres años y seis meses no hubo lluvia del cielo y el hambre azotó a todo el país.

Sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en el país de Sidón.
También había muchos leprosos en Israel, en el tiempo del profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue curado, sino Naamán, el sirio”.

Al oír estas palabras, todos los que estaban en la sinagoga se enfurecieron y, levantándose, lo empujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina sobre la que se levantaba la ciudad, con intención de despeñarlo. Pero Jesús, pasando en medio de ellos, continuó su camino.

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COMENTARIO

Lc 14,1.7-14
Se te recompensará en la resurrección de los justos

Una de las virtudes que Jesús enseñó con su vida y con su palabra fue la humildad. Debiendo venir al mundo y, para este fin, debiendo encarnarse, él pudo haberlo hecho en un lugar importante del mundo, por ejemplo, Roma; pero lo hizo en un lugar muy secundario, la Palestina de ese tiempo. Y dentro de la Palestina, nació, no en Jerusalén, sino en la pequeña aldea de Belén. Pudo haber nacido en un palacio de su tiempo; pero nació en un lugar infrahumano: un pesebre, lugar donde reposan los animales. Siendo el más grande de todos los hombres, apareció como el más pequeño y el último. Por eso, tenía autoridad moral para decir: «Aprendan de mí que soy manso y humilde de Corazón» (Mt 11,29). Por eso, podía enseñar a sus discípulos: «Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos» (Mc 9,35).
Considerando la vida del Hijo de Dios en este mundo, el himno de la carta de San Pablo a los Filipenses, canta con admiración: «Siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo… y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz» (Fil 2,6-8). Pero Dios se deja vencer por la humildad: «Por eso, Dios lo exaltó y le concedió el Nombre sobre todo nombre» (Ibid. 2,9). La Virgen María, siendo la más grande de las criaturas, es la más humilde: «El Poderoso hizo en mí cosas grandes, porque se fijó en la humildad de su sierva» (Lc 1,48-49). Esas «cosas grandes» consisten en hacer de ella ¡la Madre de Dios!

Por eso, habiendo sido invitado a cenar casa de uno de los principales de los fariseos, a Jesús debió parecer absurdo, como leemos en el Evangelio de este Domingo XXII del tiempo ordinario, que los invitados ambicionaran los primeros puestos: «Notando cómo los invitados elegían los primeros puestos, les dijo una parábola…». Pero lo que sigue no es una parábola; es una norma de prudencia humana: «Cuando seas invitado por alguien a una boda, no te pongas en el primer puesto…». ¿Por qué lo llama Jesús «una parábola»? La parábola presenta una situación de este mundo, generalmente de la vida cotidiana, para elevarse de allí a una enseñanza sobre la vida eterna. En la situación de vida real que Jesús presenta, el dueño de casa dirá al que se puso en el último lugar: «Amigo, sube más arriba». Esto es lo que hará Dios con los humildes, con los que se hacen últimos y siervos de todos. Es una enseñanza sobre el modo de actuar de Dios. Por eso, es una norma de prudencia humana y también «una parábola».
Jesús se vale de esa situación para aconsejar al dueño de casa que, al dar un banquete, no invite a los que puedan devolverle la invitación y quede así pagado. Le recomienda la gratuidad, es decir, que invite a los que no pueden retribuirle: «Invita a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos; y serás bienaventurado, porque no te pueden corresponder; se te recompensará en la resurrección de los justos». Los que no pueden corresponder en esta tierra tienen quien corresponda por ellos, pero «en la resurrección de los justos». ¿Por qué agrega Jesús esa especificación: «de los justos», siendo que todos resucitaremos? Jesús advierte, en otra ocasión, que en la resurrección de todos, se producirá una división: «Cuando venga el Hijo del hombre en su gloria, serán congregadas ante él todas las naciones y él separará a unos de otros…» (Mt 25,31.32). El criterio de esa división definitiva será el amor. Pero el amor, por definición, es gratuito: «Cuanto hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños ­son los que no pueden corresponder­ lo hicieron a mí» (Mt 25,40). La conclusión es: «Irán los justos a una vida eterna» (Mt 25,46).
Esta es «la resurrección de los justos» que se dará como recompensa a los que hayan practicado el amor en esta tierra. Se trata de la vida eterna, para la cual hemos sido creados. Por eso Jesús asegura: «Serás bienaventurado». En forma muy sencilla, a propósito de ese banquete al cual fue invitado, Jesús enseña cómo se alcanza la felicidad eterna. No es necesario hacer grandes estudios ni disponer de muchos medios de este mundo; es necesario amar mucho, es decir, hacer el bien de manera gratuita.

† Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de Los Ángeles

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Domingo 25 Agosto 2013

Vigésimo primer Domingo del tiempo ordinario

Santo(s) del día : San José de Calasanz

Jesús iba enseñando por las ciudades y pueblos, mientras se dirigía a Jerusalén.
Una persona le preguntó: “Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?”. El respondió:
“Traten de entrar por la puerta estrecha, porque les aseguro que muchos querrán entrar y no lo conseguirán.
En cuanto el dueño de casa se levante y cierre la puerta, ustedes, desde afuera, se pondrán a golpear la puerta, diciendo: ‘Señor, ábrenos’. Y él les responderá: ‘No sé de dónde son ustedes’.
Entonces comenzarán a decir: ‘Hemos comido y bebido contigo, y tú enseñaste en nuestras plazas’.
Pero él les dirá: ‘No sé de dónde son ustedes; ¡apártense de mí todos los que hacen el mal!’.
Allí habrá llantos y rechinar de dientes, cuando vean a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, y ustedes sean arrojados afuera.
Y vendrán muchos de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur, a ocupar su lugar en el banquete del Reino de Dios.
Hay algunos que son los últimos y serán los primeros, y hay otros que son los primeros y serán los últimos”.

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COMENTARIO

Lc 13,22-30
Vendrán de oriente y de occidente, del norte y del sur

El Evangelio de este Domingo XXI del tiempo ordinario comienza con un sumario que hace Lucas sobre la actividad de Jesús: «Atravesaba ciudades y pueblos enseñando y haciendo camino hacia Jerusalén». La frase corresponde al esquema que Lucas da a su Evangelio, en el cual, desde que Jesús tomó la decisión firme de ir a Jerusalén (Lc 9,51), es presentado continuamente en camino hacia esa meta. Introduce, sin embargo, una circunstancia que gramaticalmente no queda bien en la frase, pero que le sirve para la continuidad del relato: Jesús iba «…enseñando y haciendo camino…».

«Alguien le dijo: “Señor, ¿son pocos los que se salvan”?». Es una pregunta formulada de manera provocativa. En efecto, si son pocos los que se salvan, entonces Dios sería incapaz de obtener su objetivo, que era claro: «Dios, nuestro Salvador, quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tim 2,3-4). El que hace la pregunta espera, por tanto, que Jesús reaccione contradiciendolo, y afirmando, de manera tranquilizadora, que son muchos los que se salvan. Para su sorpresa la respuesta de Jesús es esta otra: «Luchen por entrar por la puerta estrecha, porque, les digo, muchos procurarán entrar y no podrán». En definitiva, muchos no entrarán.

¿Por qué interesa entrar por «la puerta estrecha»? ¿A qué lugar da acceso esa puerta, por la cual es tan difícil entrar? El evangelista Lucas no lo dice. Lo da por sabido. Para responder a la pregunta debemos recurrir al Evangelio de Mateo que nos transmite estas palabras de Jesús: «Entren por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta y espaciosa la vía que conduce a la perdición y son muchos los que entran por ella. ¡Qué estrecha es la puerta y angosta la vía que conduce a la vida!, y pocos son los que la encuentran» (Mt 7,13-14).

Por medio de una parábola Jesús enseña que la suerte de los que quedan fuera es definitiva: «Cuando el dueño de la casa se levante y cierre la puerta, quedarán fuera y comenzarán a llamar a la puerta, diciendo: “¡Señor, ábrenos!”. Y respondiendo les dirá: “No los conozco a ustedes, de dónde son”». Por el modo cómo tratan de darse a conocer y así recomendarse los que quedan fuera, entendemos que ese dueño de casa es el mismo Jesús: «Hemos comido y bebido contigo y tú has enseñado en nuestra plazas». Aquí reaparece la circunstancia que agregaba el evangelista en su sumario: «Jesús atravesaba ciudades y pueblos enseñando…». La recomendación, que se vale del hecho de que Jesús enseñó dentro de los límites de Israel «en nuestras plazas»­, no tendrá efecto y el dueño de casa repetirá: «No los conozco a ustedes, de dónde son». En otros lugares en que se transmite la misma enseñanza la respuesta es solamente: «No los conozco» (Mt 7,23; 25,12). Aquí se agrega la procedencia: «No sé de dónde son ustedes», precisamente para enseñar que esa procedencia no influirá. En efecto: «Vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur y se pondrán a la mesa en el Reino de Dios».

Jesús indica el motivo por el cual muchos quedarán fuera: «Apartense de mí todos los obradores de iniquidad». Esta sentencia Jesús recuerda un Salmo en que se refiere a Dios: «No estarán los arrogantes ante tus ojos; tú odias a todos los obradores de iniquidad» (Sal 5,6). En la parábola de Jesús es el dueño de casa quien odia a los obradores de iniquidad. Pero hemos visto que ese dueño de casa, que ha comido y bebido y enseñado en las plazas de Israel, es el mismo Jesús.

De paso, Jesús pronuncia una sentencia de canonización en favor de los patriarcas y los profetas: «Verán a Abraham, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios». A éstos se ha sumado, en el curso de los siglos, una multitud de hombres y mujeres, venidos de oriente y occidente, del norte y del sur, que han sido inscritos por la Iglesia, con la autoridad del mismo Jesús, en el catálogo de los santos. Todo nuestro empeño «lucha» dice Jesús­ debe consistir en esta tierra en entrar por la puerta que introduce a ese banquete del Reino de Dios, para estar en compañía de todos los santos.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles

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Domingo 18 de Agosto de 2013 

Dia de  San Alberto Hurtado Cruchaga

Evangelio según San Lucas 12,49-53.

Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!
Tengo que recibir un bautismo, ¡y qué angustia siento hasta que esto se cumpla plenamente!
¿Piensan ustedes que he venido a traer la paz a la tierra? No, les digo que he venido a traer la división.
De ahora en adelante, cinco miembros de una familia estarán divididos, tres contra dos y dos contra tres:
el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra”.

Concilio Vaticano II: “Les doy mi paz” (Jn 14,27)

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Domingo 11 de Agosto de 2013 

Lc 12,32-48

El Señor Jesús es mi pastor, nada me falta

En el Evangelio del domingo pasado Jesús nos enseñaba que el ser humano, con su esfuerzo y preocupación, no puede cambiar el límite a su vida fijado por Dios. Jesús presenta esta enseñanza por medio de la parábola de un hombre rico que había construido bodegas y graneros para reunir allí todos sus bienes para asegurarse una vida de placer por muchos años. Pero quedó frustrado, porque la decisión de Dios era otra: «¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma».

Jesús continúa exhortando a sus discípulos a no preocuparse por «¿qué comerán… con qué se vestirán?», sino a confiar en la Providencia de Dios, que alimenta a los cuervos y viste a los lirios. En contraste con el hombre rico de la parábola y sus grandes graneros, –sigue diciendo Jesús– «los cuervos no siembran ni cosechan y no tienen bodega ni granero y Dios los alimenta». Y agrega: «¿Quién de ustedes puede, por más que se preocupe, añadir un codo a la medida de su vida?» (Lc 12,25). ¿De qué debe preocuparse, entonces, el discípulo? Responde Jesús: «Busquen más bien su Reino (del Padre de ustedes), y esas cosas se les darán por añadidura» (Lc 12,31). Si la medida de nuestra vida no está en nuestra mano y, por tanto, no debemos preocuparnos de eso, sino del Reino, ¿quiere acaso decir Jesús que el Reino de Dios está a nuestro alcance y que es fruto de nuestro esfuerzo? No. El Reino de Dios es un don absolutamente gratuito, como es la misma vida.

Esto es lo que explica Jesús en el comienzo del Evangelio de este Domingo XIX del tiempo ordinario: «No temas, pequeño rebaño, porque al Padre de ustedes le ha parecido bien darles a ustedes el Reino». Este don del Reino trae consigo todo lo demás. Este don es tan grande que, en comparación con él, todo lo demás resulta insignificante. Por eso Jesús sigue describiendo la conducta de quien lo ha recibido: «Vendan sus bienes y den limosna. Haganse bolsas que no se deterioran, un tesoro inagotable en el cielo». El corazón de cada uno no se ve; pero se ve muy claro dónde lo tiene cada uno, según donde tenga su tesoro: «Donde está el tesoro de ustedes, allí estará el corazón de ustedes». El corazón del rico necio estaba en sus bienes materiales; el corazón del discípulo debe estar en el cielo, porque allí está su tesoro.

Por medio de tres breves parábolas, Jesús sigue describiendo la conducta del discípulo que tiene su corazón en el cielo: La parábola del que espera a su Señor, vestido y con la lámpara encendida, para abrirle apenas golpee a la puerta. La parábola del dueño de casa que vela y no deja asaltar su casa, que es como el discípulo que debe estar preparado en todo momento, porque no sabe cuándo vendrá su Señor. La parábola del administrador que en ausencia de su Señor se comporta fielmente y da a cada uno lo que corresponde. En la segunda de estas parábolas, Jesús revela quién es el Señor del cual se habla en las tres parábolas: «Estén preparados, porque en el momento que no piensan, vendrá el Hijo del hombre». Ya sabemos que la expresión «Hijo del hombre», en boca de Jesús, está en lugar del pronombre personal: Yo.

Ahora podemos también responder a una duda que ciertamente nos asalta: Cuándo Jesús habla del Reino, ¿a qué se refiere? En esa etapa de su enseñanza él no podía decirlo. Pero después que él murió, resucitó y envió su Espíritu y ahora está en medio de nosotros, sabemos que el Reino es su misma Persona. Por eso San Pablo puede decir: «El que… entregó a su propio Hijo por todos nosotros, ¿cómo no nos regalará con él todas las cosas?» (Rom 8,32). Podemos entender las palabras de Jesús en este sentido: «No temas, pequeño rebaño, porque al Padre ha parecido bien darles a su propio Hijo» y, con él, todo lo demás por añadidura. ¿Cómo nos ha dado el Padre a su Hijo? Lo ha dado como nuestro Pastor, un pastor que ama tanto a su rebaño que da la vida por sus ovejas, por cada una de ellas, como afirma el mismo San Pablo, lleno de admiración: «El Hijo de Dios me amó y se entregó por mí» (Gal 2,20). Podemos, entonces, afirmar con plena confianza refiriendonos a Jesús: «El Señor es mi Pastor, nada me falta… nada temo, porque tú vas conmigo» (Sal 23,1.4).

† Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de Los Ángeles

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Domingo 07 Julio 2013

XIV Domingo del tiempo ordinario

Santo(s) del día : San Antonino FantosatiBeata Maria Romero Meneses

Ver el comentario abajo, o clic en el título
Vida de San Francisco de Asís: “El Señor los enviaba delante de Él a todos los pueblos a donde Él pensaba ir.”

Evangelio según San Lucas 10,1-12.17-20.

Después de esto, el Señor designó a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde él debía ir.
Y les dijo: “La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha.
¡Vayan! Yo los envío como a ovejas en medio de lobos.
No lleven dinero, ni alforja, ni calzado, y no se detengan a saludar a nadie por el camino.
Al entrar en una casa, digan primero: ‘¡Que descienda la paz sobre esta casa!’.
Y si hay allí alguien digno de recibirla, esa paz reposará sobre él; de lo contrario, volverá a ustedes.
Permanezcan en esa misma casa, comiendo y bebiendo de lo que haya, porque el que trabaja merece su salario. No vayan de casa en casa.
En las ciudades donde entren y sean recibidos, coman lo que les sirvan;
curen a sus enfermos y digan a la gente: ‘El Reino de Dios está cerca de ustedes’.
Pero en todas las ciudades donde entren y no los reciban, salgan a las plazas y digan:
‘¡Hasta el polvo de esta ciudad que se ha adherido a nuestros pies, lo sacudimos sobre ustedes! Sepan, sin embargo, que el Reino de Dios está cerca’.
Les aseguro que en aquel Día, Sodoma será tratada menos rigurosamente que esa ciudad.
Los setenta y dos volvieron y le dijeron llenos de gozo: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu Nombre”.
El les dijo: “Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo.
Les he dado poder para caminar sobre serpientes y escorpiones y para vencer todas las fuerzas del enemigo; y nada podrá dañarlos.
No se alegren, sin embargo, de que los espíritus se les sometan; alégrense más bien de que sus nombres estén escritos en el cielo”.

 

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Domingo 30 de Junio de 2013

XIII Domingo del Tiempo Común

Evangelio según San Lucas 9,51-62.

Como ya se acercaba el tiempo en que sería llevado al cielo, Jesús emprendió resueltamente el camino a Jerusalén.
Envió mensajeros delante de él, que fueron y entraron en un pueblo samaritano para prepararle alojamiento.
Pero los samaritanos no lo quisieron recibir porque se dirigía a Jerusalén.
Al ver esto sus discípulos Santiago y Juan, le dijeron: «Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que los consuma?»
Pero Jesús se volvió y los reprendió.
Y continuaron el camino hacia otra aldea.
Mientras iban de camino, alguien le dijo: «Maestro, te seguiré adondequiera que vayas.»
Jesús le contestó: «Los zorros tienen cuevas y las aves tienen nidos, pero el Hijo del Hombre ni siquiera tiene donde recostar la cabeza.»
Jesús dijo a otro: «Sígueme». El contestó: «Señor, deja que me vaya y pueda primero enterrar a mi padre.»
Jesús le dijo: «Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos. Tú vé a anunciar el Reino de Dios.»
Otro le dijo: «Te seguiré, Señor, pero antes déjame despedirme de mi familia.»
Jesús le contestó: «El que pone la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios.»

Comentario al Evangelio
La vocación más alta

El Evangelio de este Domingo XIII del tiempo ordinario nos presenta el momento en que Jesús comienza su viaje a Jerusalén: «Sucedió que como se iban cumpliendo los días de su asunción, él fijó el rostro para ir a Jerusalén». La expresión «fijar el rostro» indica una resolución firme; significa que en adelante sus ojos no se apartarán de ese objetivo.

La decisión de dirigirse a Jerusalén responde claramente a un designio preestablecido que Jesús quiere realizar. La carta a los Hebreos explica esta decisión poniendo en boca de Jesús palabras del Salmo 40: «Entonces dije: He aquí que vengo –en el rollo del libro está escrito acerca de mí– para hacer, oh Dios, tu voluntad» (Heb 10,7; Sal 40,8-9). La decisión de Jesús corresponde a la voluntad de Dios. Desde ese momento Jesús tiene ante los ojos lo que anuncia repetidamente a sus discípulos: «El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día» (Lc 9,22). Jesús no mira hacia atrás; él tiene sus ojos fijos en Jerusalén y en lo que tiene que cumplir allá.

«Mientras ellos iban, en el camino,…». Este es el escenario en que el evangelista ubica tres episodios cuyo tema es el seguimiento de Jesús. Podríamos hablar de una «catequesis» sobre el tema de la vocación de consagración total a Dios y a la misión.

En el primer caso, se trata de alguien que se ofrece para seguir a Jesús de manera incondicional: «Uno le dijo: “Te seguiré adondequiera que vayas”». Habríamos esperado una aceptación gozosa por parte de Jesús. Pero él quiere verificar la autenticidad de ese ofrecimiento y lo pone delante de la realidad: «Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza». En ese preciso momento Jesús había sufrido el rechazo por parte de los samaritanos, que se negaron a ofrecerle donde reclinar la cabeza, «porque (su rostro) estaba yendo a Jerusalén». El rechazo a Jesús se debió a su propia vocación; su seguidor debe estar dispuesto a sufrir lo mismo que él. El evangelista no nos dice cuál fue el desenlace.

Al segundo lo llama el mismo Jesús: «Sigueme». Podemos considerar dichoso a quien Jesús elige y llama a compartir su mismo camino y su mismo destino. En este caso habríamos esperado una respuesta entusiasta por parte del que fue llamado. Pero no vemos en él ningún entusiasmo. Al contrario, pide dilación –pueden ser años– y lo hace indicando como motivo lo más sagrado que tiene un hombre, que es objeto incluso de un mandamiento del Decálogo: «Permiteme ir primero a enterrar a mi padre». Ante este motivo habríamos esperado que Jesús cediera. Pero él nos quiere enseñar que nada, ni siquiera lo más sagrado, ni siquiera la propia vida, puede anteponerse a su llamada. Lo hace de manera tajante: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú parte a anunciar el Reino de Dios». El anuncio del Reino de Dios es la misión de Jesús, como él mismo lo declara: «Es necesario que evangelice el Reino de Dios, pues para esto he sido enviado» (Lc 4,43). Es la misión suprema de salvación del Hijo de Dios hecho hombre. El llamado a compartir esa misma misión es la vocación más alta de un ser humano.

Finalmente, a un tercero lo llama también Jesús. Éste responde afirmativamente, pero pone una pequeña condición: «Te seguiré, Señor; pero permiteme antes despedirme de los de mi casa». Hemos visto que Jesús, una vez decidido, no está mirando hacia atrás, sino que tiene la mirada fija en la meta: Jerusalén y la entrega de su vida por amor a nosotros. Eso mismo exige de su seguidor. Según su costumbre, Jesús lo graba en nuestra mente por medio de una viva imagen: «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios».

Ahora sabemos de qué se trata cuando un joven o una niña, dejando familia, estudios, patria, todo, responde al llamado de Cristo. Quien conoce de cerca un caso semejante puede considerarse afortunado; ha visto un testimonio vivo de que Dios es una Persona que nos ama y que merece ser amado con todo nuestro ser.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles

Domingo 23 de Junio de 2013

Evangelio según San Mateo 6,24-34.

Nadie puede servir a dos patrones: necesariamente odiará a uno y amará al otro, o bien cuidará al primero y despreciará al otro. Ustedes no pueden servir al mismo tiempo a Dios y al Dinero.
Por eso yo les digo: No anden preocupados por su vida con problemas de alimentos, ni por su cuerpo con problemas de ropa. ¿No es más importante la vida que el alimento y más valioso el cuerpo que la ropa?
Fíjense en las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, no guardan alimentos en graneros, y sin embargo el Padre del Cielo, el Padre de ustedes, las alimenta. ¿No valen ustedes mucho más que las aves?
¿Quién de ustedes, por más que se preocupe, puede añadir algo a su estatura?
Y ¿por qué se preocupan tanto por la ropa? Miren cómo crecen las flores del campo, y no trabajan ni tejen.
Pero yo les digo que ni Salomón, con todo su lu jo, se pudo vestir como una de ellas.
Y si Dios viste así el pasto del campo, que hoy brota y mañana se echa al fuego, ¿no hará mucho más por ustedes? ¡Qué poca fe tienen!
No anden tan preocupados ni digan: ¿tendremos alimentos?, o ¿qué beberemos?, o ¿tendremos ropas para vestirnos?
Los que no conocen a Dios se afanan por esas cosas, pero el Padre del Cielo, Padre de ustedes sabe que necesitan todo eso.
Por lo tanto, busquen primero su reino y su justicia, y se les darán también todas esas cosas.
No se preocupen por el día de mañana, pues el mañana se preocupará por sí mismo. A cada día le bastan sus problemas.

Comentario del Evangelio: Mientras Jesús estaba orando a solas.

La misión de Jesús consistió en revelar al mundo el misterio de su Persona. El conocimiento de Jesús es esencial para nosotros y también para los hombres y mujeres de todos los tiempos, pues, tal como lo declara San Pedro ante el sanhedrín, «no hay bajo el cielo otro Nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos» (Hech 4,12). La fe fundada en un conocimiento verdadero de Jesús es la finalidad de toda evangelización: «Para que ustedes crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida en su Nombre» (Jn 20,31). El Evangelio de este Domingo XII del tiempo ordinario es, entonces, un punto central en el camino de Jesús, pues enfrenta precisamente el tema de su identidad. Jesús hace a sus discípulos una doble pregunta: «¿Quién dice la gente que soy yo?» y «¿Quién dicen ustedes que soy yo?».

Los discípulos conocen bien la opinión de la gente sobre Jesús: «Unos, dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que un profeta de los antiguos ha resucitado». También nosotros hemos verificado que la gente opinaba que Jesús era un profeta. Incluso, cuando Simón el fariseo dudó de él en su interior, porque una mujer pecadora pública bañaba sus pies con sus lágrimas y los secaba con sus cabellos, Jesús demostró conocer sus pensamientos y lo sacó de su duda afirmando que esa mujer ya no era una pecadora: «Le quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha demostrado mucho amor» (Lc 7,47). En esa ocasión, dirigiendose a la mujer, Jesús declaró: «Tus pecados quedan perdonados». A ningún profeta había dado Dios el poder de perdonar pecados. Por eso, todos los presentes comenzaron a decirse entre sí: «¿Quién es este que hasta perdona los pecados?» (Lc 7,49). Es un profeta. Sí, pero…

«Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?». Ellos dan una respuesta sustancialmente distinta y muy superior. Opinan todos lo mismo; pero en nombre de todos responde Pedro: «El Cristo (el Ungido) de Dios». Esta respuesta es un acto de fe. ¿De dónde la saca Pedro? Para saberlo tenemos que ir a la introducción que hace Lucas a todo el episodio: «Y sucedió que, mientras estaba Jesús orando a solas, estaban con él los discípulos». ¿Es una contradicción? Si fuera una distracción del evangelista se habría corregido rápidamente en el proceso de transmisión del episodio. ¡No es una contradicción! Lucas quiere afirmar que los discípulos son incluidos en la misma Persona de Cristo hasta llegar a ser uno con él, sobre todo, cuando él ora. Es lo que expresa bien San Pablo: «Todos ustedes son uno en Cristo Jesús» (Gal 3,28). Además, como dijimos, esto explica la respuesta de Pedro. Ver orar a Jesús, ser uno con él mientras él ora, es lo que concedió a sus discípulos conocer su identidad verdadera.

Sabemos que Jesús se dirigía a Dios cuando oraba llamandolo: «Abbá, Padre». No sólo por su actitud de total entrega filial, sino también por sus palabras, comprendieron los discípulos que Jesús era el Ungido de Dios. Jesús oraba con los Salmos como sólo él podía hacerlo: «He encontrado a David mi siervo, con mi óleo santo lo he ungido… El me invocará: “¡Tú, mi Padre, mi Dios…!”. Y yo haré de él el primogénito, el Altísimo entre los reyes de la tierra» (Sal 89,21.27-28). Para todos en Israel era evidente que esas palabras no se referían al David histórico, sino al Ungido futuro, que sería verdaderamente el Primogénito de Dios. Por eso Mateo cuando refiere el episodio, pone en boca de Pedro la confesión completa: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16).

El mensaje del evangelista es que la oración en unión con Cristo es necesaria para que nosotros podamos conocer profundamente quién es Jesús, podamos así creer en él y tener vida en su nombres. Sin la oración cristiana la opinión de los hombres acerca de Jesús será siempre insuficiente: que es un profeta, un gran hombre, un líder, un revolucionario, y otras opiniones erradas. Ninguna de éstas es suficiente para que podamos tener vida en su Nombre.

Jesús entonces agrega que su discípulo, el que conoce su identidad y cree en ella, comprende también que él deba entregar la vida en la cruz por nuestra salvación, y quiere seguirlo también en este camino: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará». La vida es un don que hemos recibido de Dios. No se debe entregar por cualquier causa. Pero, por Jesús, sí: «Quien pierda su vida por mí…». El discípulo de Cristo no teme perder la vida por él, tanto menos teme perder la popularidad y el favor de los demás. Por eso no teme dar testimonio de la verdad. En estos días de elecciones es lo que anhelamos ver en los candidatos.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles, Chile.

Domingo 16 de Junio del 2013 

Lc 7,36 – 8,3
Ha mostrado mucho amor

​El Evangelio de este Domingo XI del tiempo ordinario nos presenta un episodio de la vida pública de Jesús que tiene a una mujer como protagonista y, luego, nos da un sumario del ministerio de Jesús en Galilea que incluye la noticia de que Jesús era seguido no sólo por los Doce, sino también por mujeres, algunas de las cuales identifica por sus nombres: María Magdalena, Juana, Susana y otras. Ambas partes de esta página evangélica son típicamente lucanas. En efecto, se encuentran solamente en el Evangelio de Lucas y corresponden a la especial sensibilidad hacia el mundo femenino que caracteriza a Lucas.

​«Un fariseo rogó a Jesús que comiera con él, y él, entrando en la casa del fariseo, se puso a la mesa». Nada se nos dice sobre los motivos que tuvo el fariseo para invitar a Jesús y tampoco sobre alguna reserva que tuviera Jesús para aceptar la invitación. En el curso de la narración el lector descubrirá que el fariseo había invitado a Jesús con la intención de desenmascarar su falsa fama de profeta. La gente decía: «Un gran profeta ha surgido entre nosotros». Y esto, que se decía de él, «se propagó por toda Judea y por toda la región circunvecina» (Lc 7,16.17).

​En esa cena todo transcurría normalmente. Hasta que ocurrió un hecho que pareció dar la razón al fariseo: «Una mujer pecadora pública, al saber que Jesús estaba comiendo en casa del fariseo, llevó un frasco de alabastro de perfume, y poniéndose detrás, a los pies de él, comenzó a llorar, y con sus lágrimas le mojaba los pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba; besaba sus pies y los ungía con el perfume». La situación parecía comprometedora para Jesús. En efecto, el fariseo ve confirmada su opinión sobre él: «Si éste fuera profeta –se decía en su interior–, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, pues es una pecadora».

​Jesús no pierde en absoluto su compostura, como alguien a quien nada de este mundo puede contaminar. Bien sabe lo que el fariseo piensa; pero tampoco esto lo condiciona en su actuación. Acepta y aprecia las claras muestras de amor de la mujer. Es más: Jesús pone en evidencia la radical diferencia en el trato hacia su persona que le han dado la mujer y el fariseo; hace notar la diferencia entre el amor manifestado por esa mujer y la frialdad manifestada por el fariseo: «¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies; ella, en cambio, ha mojado mis pies con lágrimas, y los ha secado con sus cabellos. Tú no me diste el beso; ella, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. Tú no ungiste mi cabeza con aceite; ella ha ungido mis pies con perfume».

​¿Por qué una y otro dan a Jesús un trato tan diferente? ¿Por qué una lo ama tanto y el otro lo ama tan poco? Jesús nos da la respuesta. Ella era una pecadora y, gracias al encuentro con Jesús, concibió vivo dolor de su pecado y vivo anhelo de conducir en adelante una vida de santidad. Ella comprende que sería necesaria la muerte de Jesús para que Dios le concediera el perdón y la santidad de vida. Ama mucho a Jesús, porque tiene mucho que agradecerle. El fariseo, en cambio, no tiene nada que agradecerle. Él se considera justo, no, gracias a Jesús, sino, gracias a su propio esfuerzo. Por eso, no lo ama y no le ofrece ninguna de las muestras de amor que eran habituales entre los amigos. Jesús explica esa frialdad: «A quien poco se le perdona, poco amor muestra». El fariseo mostró poco amor a Jesús; mostró más bien desprecio.

​El Evangelio de este domingo nos interpela profundamente. Vemos en la sociedad cristiana de nuestro tiempo mucha frialdad hacia Jesús. Si viene al país un cantante famoso, el fervor hacia él es celoso; ningún sacrificio es grande para ir a aclamarlo. En cambio, respecto de Jesús, cualquier motivo es suficiente para disculparnos de ir al encuentro con él en la Eucaristía dominical. Se está dispuesto a pagar cualquier dinero para ver el espectáculo que ofrece un cantante de moda. En cambio, para proveer el culto de Jesús deben bastar unas pocas monedas que nos sobran. Cada uno debe ver cuáles muestras de amor da a Jesús. Al leer esta página del Evangelio, cada uno debe examinarse a sí mismo para ver si su actitud hacia Jesús se asemeja más a la de la mujer perdonada o si se asemeja más a la del fariseo autosuficiente. Jesús sabe apreciar la diferencia.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles

 

DOMINGO X DEL TIEMPO COMÚN

9 de Junio de 2013 – Lc 7,11-17

El Señor tuvo compasión de ella

Después del tiempo de Cuaresma y de Pascua y de las grandes solemnidades de Pentecostés, Santísima Trinidad y Corpus Christi, este domingo retomamos el tiempo litúrgico ordinario con la celebración del Domingo X del ciclo C. Este domingo no se ha celebrado, al menos, desde el año 1992, que es el año en que comienzan estos comentarios al Evangelio del domingo. El Evangelio de este domingo no se ha comentado nunca, porque en todos estos años no se ha leído nunca en la liturgia dominical. Una persona que haya comenzado a participar en la Eucaristía dominical todos los domingos desde los cinco años de edad, hoy día, cuando tiene 26 años de edad, no ha escuchado nunca en la Iglesia el Evangelio de este domingo. Se trata del episodio en que Jesús resucita al hijo de la viuda de Naín.

El episodio está desvinculado de su contexto y constituye una unidad cerrada con sentido completo. Es lo que en la ciencia bíblica se llama una «perícopa». Lucas puede introducirlo en cualquier parte de su Evangelio. Lo hace con algunas palabras introductorias: «Y sucedió que, a continuación, (Jesús) se fue a una ciudad llamada Naín, e iban con él sus discípulos y una gran muchedumbre». La acción se ubica en una localidad llamada Naín, cuya ubicación se discute. La mayoría de los arqueólogos la ubican en Galilea unos 10 km al sureste de Nazaret. Pero hoy no existen más que ruinas y este nombre no habría subsistido si no es por el hecho que allí protagonizó Jesús. El Evangelio continúa: «Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda, a la que acompañaba mucha gente de la ciudad».

La situación no puede ser más triste: acaba de morir un joven que es descrito como «hijo único de una madre viuda». Podemos imaginar la aflicción de esa mujer. No sabemos qué pensamientos cruzaron la mente de Jesús; pero la situación de esa viuda es la misma en que quedaría su propia madre después de su muerte en la cruz. Ante esa situación Jesús, que hasta entonces era un desconocido, no puede dejar de sentir compasión: «Al verla el Señor, tuvo compasión de ella, y le dijo: “No llores”». Jesús se presenta tan dueño de la situación, que el evangelista no puede evitar llamarlo «el Señor», que es el título que se daba a Dios. Él actúa como quien sabe por qué dice esas palabras a la viuda. El asombro de todos debió alcanzar el máximo, cuando Jesús hace detener el cortejo fúnebre y se dirige al difunto ordenandole: «Joven, a ti te digo: Levantate».

¿Son palabras de alguien que está en sus cabales o son palabras de un desquiciado mental? ¿Cómo se le ocurre hablar a un muerto? No olvidemos que sus mismos parientes decían de él: «Está fuera de sí» (Mc 3,21). El suspenso duró sólo un instante. En efecto, «el muerto se incorporó y se puso a hablar, y él se lo dio a su madre». Entonces, lo que experimentaron los presentes ya no fue asombro, sino temor. Captaron que estaban en presencia de alguien que podía vencer a la muerte. Y el único que responde a esta descripción es Dios. Decían: «Un gran profeta se ha levantado entre nosotros», y «Dios ha visitado a su pueblo».

¿Por qué les parece que Jesús es un profeta? Ciertamente, porque conocen el episodio en que el profeta Elías devuelve la vida al hijo de la viuda de Sarepta, que se propone como primera lectura este domingo. Pero la diferencia es grande. Elías lo hace invocando la intervención de Dios ­dijimos que Dios es el único que puede resucitar a un muerto­: «Señor, Dios mío, te ruego que vuelva el alma de este niño a su interior». El relato continúa: «El Señor escuchó la voz de Elías y volvió al alma del niño a su interior y vivió» (1Re 17,21-22). Jesús, en cambio, devuelve la vida al hijo de la viuda por su propio poder ordenandole: «Levantate».

Tres veces leemos en el Evangelio que Jesús resucita a un muerto. Resucitó a la hija de Jairo recién muerta, aunque habían comenzado los ritos fúnebres (cf. Mc 5,39-43); resucitó a Lázaro, el hermano de Marta y María, que ya había comenzado a descomponerse en el sepulcro, pues llevaba cuatro días muerto y ya olía (cf. Jn 11,1-44). Y resucitó al hijo de la viuda de Naín. En los primeros dos casos Jesús lo hace respondiendo a la petición de Jairo y de las hermanas de Lázaro. En este último caso lo hace por propia iniciativa, movido por la compasión. Esa es la compasión con que él nos mira a nosotros, la compasión que lo llevó a entregar su vida para que nosotros pudieramos volver a la vida, a la vida eterna.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles

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DOMINGO DE PENTECOSTÉS

19 de Mayo de 2013

Jn 20,19-23
Jesús sopló sobre ellos

«Jesús sopló sobre ellos y le dijo: “Reciban el Espíritu Santo”». Este llamativo gesto de Jesús resucitado, acompañado por las palabras que lo explican, quedó impreso en la mente de los discípulos con un gran signo de interrogación. La comprensión plena no la pudieron alcanzar, sino cuando ese gesto profético tuvo cumplimiento. Y eso ocurrió cincuenta días después ­esto significa el término griego “pentecostés”­ cuando los discípulos, reunidos en el cenáculo con María, la madre de Jesús, recibieron efectivamente el Espíritu Santo. La ráfaga de viento que en ese momento llenó la casa donde se encontraban (cf. Hech 2,2) y la fuerza de lo alto que recibieron tuvo que recordarles aquel soplo de Jesús. Entonces cayeron en la cuenta no sólo del sentido de ese gesto, sino de todo lo dicho y hecho por Jesús. En ese momento se cumplió lo prometido por Jesús: «Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, él los guiará hasta la verdad completa… Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y lo anunciará a ustedes» (Jn 16,13.14).

La Iglesia celebra este domingo la solemnidad de Pentecostés como el día en que, habiendo recibido el don del Espíritu Santo, ella se puso en marcha. Ese día los apóstoles recibieron una luz interior, representada por las lenguas de fuego que se posaron sobre cada uno de ellos, que les permitió «ver» quién era Jesús y captar la verdad plena de aquellas otras palabras suyas: «El que me ha visto a mí ha visto al Padre» (Jn 14,9). Experimentaron vivamente que ellos estaban en Jesús y Jesús estaba en ellos, como había sido prometido por él: «Aquel día comprenderán que yo estoy en mi Padre y ustedes en mí y yo en ustedes» (Jn 14,20); que ellos estaban en Jesús como los sarmientos en la vid: «Yo soy la vid; ustedes los sarmientos» (Jn 15,5).

El don del Espíritu Santo no agrega nada a la salvación obrada por Cristo ni a sus palabras; pero concede que se comprenda y se acoja, concede que esa salvación se haga realidad en cada hombre y mujer. San Hilario en su Tratado sobre la Trinidad ofrece una comparación que puede aclarar: «Cuando los ojos de nuestro cuerpo están privados de la luz no pueden ejercer su función propia, que es ver; de la misma manera, nuestra alma, si no recibe por la fe el don del Espíritu, tendrá una naturaleza capaz de entender a Dios, pero carecerá de la luz que le permita llegar al conocimiento de Él». A es-to se refiere Jesús en otras de las promesas del Espíritu Santo: «Mucho tengo todavía que decirles; pero no pueden con ello ahora» (Jn 16,12). Podrán, sí, cuando los ilumine el Espíritu Santo. Una persona puede tener muy buena vista y tener delante una maravillosa obra de arte; pero si no hay luz la persona no experimenta ningún gozo estético. Encendida la luz, la obra de arte es la misma, pero la persona la ve y go-za con su visión y la admira y la pondera ante los demás. Eso ocurre con Cristo. Quien recibe el don del Espíritu Santo no se sacia de gozar con la belleza infinita de su misterio y no puede dejar de anunciarlo a los demás. Signo evidente de la posesión del Espíritu Santo es el celo apostólico. Lo vemos en los apóstoles de Jesús: «No podemos nosotros dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» (Hech 4,20). Quien recibe el don del Espíritu Santo se siente enviado a prolongar la misma misión de Jesús.

Ahora comprendemos nosotros las afirmaciones en las cuales enmarca Jesús el gesto profético del día de su resurrección: «Como el Padre me envió a mí, así los envío yo a ustedes». Se refiere a ese celo apostólico. Y: «A quienes ustedes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan les quedan retenidos». El poder divino de liberar del pecado que da a sus apóstoles equivale al poder de comunicar a otros el Espíritu Santo que ellos recibirían, porque donde entra la Luz se disipan las tinieblas del pecado.

En este día la Iglesia se une en oración para pedir un nuevo Pentecostés. En todas partes se han celebrado vigilias en las cuales se ha elevado con insistencia esta oración: «Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor».

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles

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EVANGELIO DEL DÍA

VI  Domingo de Pascua. 

Domingo 05 de Mayo del 2013

Jn 14,23-29
Haremos morada en él
COMENTARIO:
«Mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él». Estas son palabras de Jesús que leemos en el Evangelio de este Domingo VI de Pascua. En esta afirmación hay un cambio del sujeto de los verbos: pasa del sujeto singular «mi Padre» al sujeto plural «nosotros». Habríamos esperado: «Mi Padre lo amará y vendrá a él y hará morada en él». Al ampliar el sujeto a la primera persona plural sabemos que incluye a Jesús, que es quien habla, pero ¿quién nos autoriza a pensar que incluye también a su Padre, Dios? ¿No es excesivo que un hombre se ponga al mismo nivel que Dios incluyéndolo en el pronombre «nosotros»? Jesús responde a nuestra pregunta explicitando ese sujeto plural «nosotros» en una afirmación suya anterior: «Yo y el Padre somos uno» (Jn 10,30). Pero precisamente esa afirmación desencadenó la indignación de los judíos que tomaron piedras con intención de apedrearlo diciéndole  «Siendo hombre te haces a ti mismo Dios» (Jn 10,33). Jesús es el único que puede decir «nosotros» incluyendo en ese pronombre a sí mismo y a Dios. Jesús es Hijo de Dios y de la misma naturaleza que Dios. Junto con el Espíritu Santo son tres Personas distintas y una sola sustancia divina, un solo Dios. «Nosotros» abraza también al Espíritu Santo.

Aclarado este punto, más asombroso es lo que sigue: «Nosotros vendremos a él y haremos morada en él». ¡Jesús afirma que las tres Personas divinas establecerán su morada en un ser humano! ¡El Dios infinito habitará en una criatura infinitesimal! San Agustín consideraba que el ser humano no es digno ni siquiera de alabar a Dios, tanto menos ofrecerle una morada: «El hombre pretende alabarte, esta partícula de tu creación, que lleva sobre sí su destino mortal, que lleva sobre sí la prueba de su pecado y la prueba de que tú “resistes a los soberbios” (Sant 4,6; 1Ped 5,5). Y, sin embargo, el hombre, esta partícula de tu creación pretende alabarte. Eres tú quien lo induces a deleitarse en tu alabanza, porque nos creaste para ti y nuestro corazón está inquieto mientras no descanse en ti” (Conf. I,1,1).

El ser humano está creado con la vocación suprema de ser morada de Dios. Esta es la máxima expresión del amor de Dios. Hasta este extremo llega su amor: «Mi Padre lo amará y vendremos a él…». Pero Jesús ha introducido la afirmación con la conjunción «si», que expresa una condición necesaria para que el efecto se produzca: «Si alguien me ama». Esta es la condición. Esa condición tiene una verificación: «Guardará mi palabra». En definitiva, todo tiene su fundamento aquí: escuchar la palabra de Jesús y guardarla en el corazón para hacerla vida en nosotros.

Estas afirmaciones de Jesús son revelación divina: «La palabra que escuchan no es mía, sino del Padre que me ha enviado». Ya hemos dicho que ningún hombre habría osado siquiera imaginar que el ser humano tuviera una vocación tan sublime. Debemos prestarles el asentimiento de la fe. Podemos, sin embargo, observar su cumplimiento sumo y pleno en la Virgen María. Ella define su persona con la respuesta al ángel Gabriel: «He aquí la esclava del Señor; hagase en mí según tu palabra» (Lc 1,38), y luego toda su actitud es descrita por Lucas en estos términos: «María guardaba todas estas palabras y las meditaba en su corazón» (Lc 2,19.51). Ella amó a su hijo, no sólo como madre, sino también y sobre todo como su fiel discípula. Por eso, fue amada por Dios y toda la Trinidad habitó en ella.

Todos los discípulos de Cristo estamos llamados a ser morada de Dios. En este Año de la fe debemos acentuar nuestra escucha de la Palabra de Cristo, para ser objeto del amor de Dios y ofrecerle una digna morada. No hay ningún bien mayor al cual pueda aspirar un ser humano que tener consigo a Dios en el corazón. Por eso, todo padre de esta tierra que quiere para su hijo lo mejor, debe enseñarle, sobre todo, a amar a Jesús y a guardar su palabra. Toda otra enseñanza debe ser añadidura.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles

EVANGELIO DEL DÍA

IV Domingo de Pascua. Domingo del Buen Pastor y Día de Oración por las Vocaciones

Evangelio según San Juan 10,22-30.

Era invierno y en Jerusalén se celebraba la fiesta de la Dedicación del Templo.
Jesús se paseaba en el Templo, por el pórtico de Salomón,
cuando los judíos lo rodearon y le dijeron: «¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo claramente.»
Jesús les respondió: «Ya se lo he dicho, pero ustedes no creen. Las obras que hago en el nombre de mi Padre manifiestan quién soy yo,
pero ustedes no creen porque no son ovejas mías.
Mis ovejas escuchan mi voz y yo las conozco. Ellas me siguen,
y yo les doy vida eterna. Nunca perecerán y nadie las arrebatará jamás de mi mano.
Aquello que el Padre me ha dado lo superará todo, y nadie puede arrebatarlo de la mano de mi Padre.
Yo y el Pad re somos una sola cosa.»

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EVANGELIO DEL DÍA

III Domingo de Pascua

Domingo 14 de Abril del 2013

Evangelio según San Juan 21,1-19.

Después de esto, nuevamente se manifestó Jesús a sus discípulos en la orilla del lago de Tiberíades. Y se manifestó como sigue:
Estaban reunidos Simón Pedro, Tomás el Mellizo, Na tanael, de Caná de Galilea, los hijos del Zebedeo y otros dos discípulos.
Simón Pedro les dijo: «Voy a pescar.» Contestaron: «Vamos tam bién nosotros contigo.» Salieron, pues, y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada.
Al amanecer, Jesús estaba pa rado en la orilla, pero los discípulos no sabían que era él.
Jesús les dijo: «Muchachos, ¿tienen algo que comer?» Le contestaron: «Nada.»
Entonces Jesús les dijo: «Echen la red a la derecha y encontrarán pes ca.» Echaron la red, y no tenían fuer zas para recogerla por la gran cantidad de peces.
El discípulo al que Jesús amaba dijo a Simón Pedro: «Es el Señor.»
Apenas Pedro oyó decir que era el Señor, se puso la ropa, pues estaba sin nada, y se echó al agua. Los otros discípulos llegaron con la barca —de hecho, no estaban lejos, a unos cien metros de la orilla; arrastraban la red llena de peces.
Al bajar a tierra encontraron fuego encendido, pescado sobre las brasas y pan.
Jesús les dijo: «Traigan algunos de los pescados que acaban de sacar.»
Simón Pedro subió a la barca y sacó la red llena con ciento cincuenta y tres pescados grandes. Y a pesar de que hubiera tantos, no se rompió la red.
Entonces Jesús les dijo: «Vengan a desayunar». Ninguno de los discípulos se atrevió a preguntarle quién era, pues sabían que era el Señor.
Jesús se acercó, tomó el pan y se lo repartió. Lo mismo hizo con los pescados.
Esta fue la tercera vez que Jesús se manifestó a sus discípulos después de resucitar de entre los muertos.
Cuando terminaron de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?» Contestó: «Sí, Señor, tú sa bes que te quiero.» Jesús le dijo: «Apacienta mis corderos.»
Le preguntó por segunda vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» Pedro volvió a contestar: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» Jesús le dijo: «Cuida de mis ovejas.»
Insistió Jesús por tercera vez: «Simón Pedro, hijo de Juan, ¿me quieres?» Pedro se puso triste al ver que Jesús le preguntaba por tercera vez si lo quería y le contestó: «Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero.» Entonces Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas.
En verdad, cuando eras joven, tú mismo te ponías el cinturón e ibas a donde querías. Pero cuando llegues a viejo, abrirás los brazos y otro te amarrará la cintura y te llevará a donde no quieras.»
Jesús lo dijo para que Pedro comprendiera en qué forma iba a morir y dar gloria a Dios. Y añadió: «Sígueme.»

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EVANGELIO DEL DÍA

II Domingo de Resurrección

Domingo 07 de Abril del 2013

Jn 20,19-31
Dichosos los que han creído

«La fe es garantía de lo que se espera, la prueba de las realidades que no se ven» (Heb 11,1). Según esta definición que nos da la Epístola a los Hebreos, la fe tiene relación con las cosas que se esperan y con las cosas que no se ven. La fe en quien promete es la que nos permite esperar lo pro-metido. Pero ahora nos concentraremos en la segunda condición de